Año II / Edición N° 15 / JUNIO /
 
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  RELIGIÓN
HEREJÍAS DE TODOS LOS TIEMPOS
¿Cuál es la diferencia entre herejía y blasfemia? Quienes cuestionan los dogmas establecidos, ¿pueden cambiar la historia? Rebeldes, iconoclastas e iluminados, desde Juan Calvino hasta Marilyn Manson.
Por María Cristina Longinotti | Photoshop: Fernanda Mel. Fotos: CEDOC.
 
¡Al fuego, al fuego!

Galileo Galilei (1564-1642), defensor de la teoría heliocentrista de Nicolás Copérnico (1473-1543), fue conminado por el Santo Oficio a retractarse. Cuando Charles Darwin (1809-1882), médico y creyente inglés, lanzó la teoría de la evolución, el clero lo atacó duramente. Peor lo había pasado Giordano Bruno (1548-1600), filósofo y astrónomo dominico que –por sus heterodoxias– acabó en la hoguera.

 
Toda religión, al nacer, toma creencias de las precedentes. El Cristianismo surge naturalmente del Judaísmo, y el Islamismo, de ambas. A su vez, el protestantismo pretendió “reformar” el catolicismo y terminó constituyendo diferentes iglesias. ¿Acaso todas las nuevas religiones comienzan siendo una herejía? Si es así, ¿qué se entiende por herejía? “Error en materia de fe, sostenido con pertinacia”, dice el diccionario. Si el núcleo básico de creencias del protestantismo es idéntico al católico, ¿son tan divergentes Protestantismo y Catolicismo? ¿Qué transforma a una herejía en otra religión? No queda más remedio que admitir que es el éxito. Jesucristo fue un hereje para los judíos y por esa causa condenado a muerte; pero su prédica echó raíces con tal fuerza que no pudo ser extirpada.
Los heresiarcas (creadores de herejías) del Cristianismo tuvieron otra suerte: algunas iglesias prosperaron y otras no. En algunos casos, se trató de diferencias en la interpretación de los libros sagrados, sobre la liturgia o sobre la misión de la Iglesia. En otros, reformadores como Martín Lutero y Juan Calvino se creyeron poseedores de una verdad superior a la católica. Pero no fueron considerados dioses. Ni el mismo Mahoma o Sidharta Gautama (Buda), fuera del cristianismo, pretendieron tener un carácter divino. La originalidad del Cristianismo radica en que no tiene profetas, porque reivindica su fundación por parte del mismo Dios hecho hombre.
Las principales herejías de los primeros siglos del Cristianismo niegan uno de los dos atributos de Jesús: dios u hombre. El arrianismo, que tomó el nombre de Arrio, su fundador, negaba la divinidad de Jesús. Tuvo mucha difusión en tiempos de Constantino y parece que fue la fe que abrazó ese emperador. Durante su reinado, se reúne el Concilio de Nicea, que define por primera vez de modo detallado lo que se conoce como el Símbolo Niceno, que es la oración del Credo, resumen de los dogmas que todos los católicos deben aprender.
Las disensiones propias de los primeros tiempos de toda nueva religión también afectaron al Islamismo. Según Albert Hourani, en su Historia de los árabes, el Corán constituye el Verbo de Alá así como Jesucristo es el Verbo del Dios Padre. Es en esto que el Islam tiene más puntos de contacto con el Judaísmo, pues la revelación es un Libro. El dios de Mahoma se basa en el Yahvé de la Biblia; Jesús es considerado como un profeta y cristianos y judíos son los “Pueblos del Libro”; y como a tales se les concedía una situación especial en las tierras que se iban conquistando mediante la “guerra santa”.
Todo aquello que el Corán no contemple es tema de controversia, como lo es la organización político-religiosa del Islam, dificultad que surgió a la muerte de Mahoma. En vida del Profeta, ya se había planteado la unidad de los poderes temporal y religioso. El debate, entonces, se centró sobre la legalidad de los sucesores de Mahoma. Así, surgieron los sunnitas y chiítas. Lo sunnitas, la gran mayoría de la población musulmana, defienden que el califa puede ser cualquier árabe de la tribu de Quraish; mientras los chiítas descalifica a los sucesores de Mahoma a partir de la muerte de su yerno Alí. A su vez, se caracterizan por una interpretación esotérica del Corán.
El Islam tiene también sus herejes contemporáneos. El escritor Salman Rushdie, con su libro Los versos satánicos, incurrió, según el ayatolah Khomeini, en blasfemia y herejía, por lo cual dictó una fatwa decretando que debía ser “asesinado donde se lo hallare”. Por eso Rushdie vivió en la clandestinidad durante años. Otro caso similar es el de Taslima Nasrin, librepensadora india y defensora de los derechos de las mujeres. El Islam tampoco permite la representación de Alá ni de su profeta. En el 2005, cuando un diario danés publicó unas caricaturas de Mahoma, un tribunal musulmán indio dictó una fatwa ordenando asesinar al dibujante, pese a que ni él ni el director del diario son musulmanes.
El rechazo por la representación de Dios que tiene el Islamismo es retomado, por la herejía de Focio, patriarca de Constantinopla en el siglo IX, que mandó destruir todas las imágenes (iconos, en griego), incluso las de la Virgen y de los santos. Esta herejía iconoclasta fue dominada y su consecuencia fue la contraria de lo que intentaba: la extensión de la devoción a las imágenes en la Iglesia Oriental es mucho más marcada aún que en la Romana.
El límite entre herejía y ortodoxia no siempre está muy claro. A mediados del siglo XI, la Iglesia Católica Ortodoxa se escindió por poner en duda la primacía del obispo de Roma por sobre los demás patriarcas, por diferencias idiomáticas y disensiones teológicas. Es decir, el origen de otra iglesia no fue una herejía.
Diferente es la situación de los protestantes. Desde los siglos XIV y XV el debate se centró en los reclamos sociales, en la Iglesia como institución y en la justificación del individuo por la gracia o por las obras. Estas dudas teológicas sobre la oposición “libre albedrío-predestinación” son el origen de la reforma protestante y de las iglesias luterana y calvinista, e incluso del movimiento jansenista surgido en la Francia del siglo XVII, al que perteneció el matemático Blas Pascal. Todas estas corrientes religiosas se centran en la imperfección del hombre para alcanzar la salvación.
La multiplicación de las iglesias protestantes habla de la disconformidad con las respuestas a las dudas planteadas y resulta favorecida por la falta de una estructura jerárquica al estilo de la católica, donde el disenso es rápidamente detectado y minimizado. Otro ejemplo de esto es la Iglesia Anglicana, cuyo origen es puramente disciplinario (el rey Enrique VIII se separó de Roma al negarle el Papa el divorcio de Catalina de Aragón) y que, al mantener su propia estructura jerarquizada, en la que la cabeza de la iglesia es el rey de Inglaterra, no sufrió variaciones en el dogma, muy similar al católico, desde su creación.
     
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