Año 1 / Edición N° 10 / ENERO /
 
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Vestigios Santos
Ciertos objetos sagrados recuerdan la existencia de difuntos con vidas extraordinarias. Pero no son ajenos a la polçemica. Restos de huesos de profetas, de leche de la Virgen y hasta del prepucio de Jesús coexisten con reliquias aceptadas por la grey, como la Sábana Santa o la Sangre de San Genaro.
Pot Cristina Longinotti
 
Reliquia significa, como lo indica su etimología, “los restos” o, según la Real Academia, “residuo que queda de un todo”. Para las religiones y el cristianismo en particular, una reliquia es un objeto digno de veneración, generalmente restos humanos o pertenencias u objetos relacionados con Jesucristo, la Virgen o los santos.
Pero el culto a las reliquias no es exclusivo del cristianismo. En efecto, los budistas también las veneran y el proceso de “creación” de éstas se parece mucho al del cristianismo.
¿Creación de las reliquias? ¿Esto quiere decir que no son auténticas? Ciertamente, no todas lo son: con todas las astillas del supuesto madero donde fue crucificado Jesús se podrían fabricar tres crucifijos (“Santa Cruz”) y con sus clavos podríamos poner una ferretería.
¿Cuál es el origen de esta costumbre? Desde tiempos inmemoriales el hombre utiliza amuletos y talismanes, en la creencia de que existen objetos que poseen virtudes mágicas capaces de convocar a los poderes del “más allá”. Estos objetos son un nexo entre el mundo natural y el sobrenatural. En los primeros siglos del cristianismo surgió la costumbre de venerar los cuerpos de los santos mártires y celebrar en sus sepulcros alguna ceremonia para invocar su intercesión. Con el tiempo, las comunidades cristianas que no tenían mártires solicitaron cuerpos de santos para su veneración, originando la división de los mismos y la multiplicación de reliquias. Más adelante, la presencia de una reliquia fue condición necesaria para consagrar un altar y, por lo tanto, fundar un templo.
La posesión de reliquias en la Edad Media significaba, para una iglesia o un monasterio, un privilegio y un signo visible de su importancia. Era, a la vez, fuente de poderío y riqueza, pues atraía las peregrinaciones y los donativos. Es por ello que iglesias y monasterios se esforzaban por adquirirlas. El afán por engrandecer a Santiago de Compostela llevó al arzobispo Gelmírez, en el siglo XII, a “saquear” literalmente las iglesias dependientes de su obispado, para trasladar las reliquias de los santos que había en ellas a su sede, con el pretexto de que estaban descuidadas. Este “pío latrocinio”, como califica la Historia Compostelana a este hecho, fue realizado furtivamente para evitar la ira del pueblo, desatada al comprobar que le habían sido arrebatadas sus reliquias. El arzobispo “no durmió tranquilo la noche siguiente, temiendo perder el objeto de cuya posesión gozaba.”
Todo esto provocó una proliferación de reliquias, muchas de ellas de dudosa autenticidad y algunas francamente absurdas. En El nombre de la rosa, Fray Guillermo de Baskerville se burla del culto a las reliquias al comentar la existencia (y veneración) del cráneo de San Juan Bautista a la edad de doce años. Este ejemplo de reliquia imposible no debería asombrarnos demasiado si echamos un vistazo al inventario de la Cámara Santa de Oviedo, importante centro de peregrinación en la Edad Media, relevado por Vázquez de Parga, Lacarra y Uría Riu en Las peregrinaciones a Santiago de Compostela. En la cámara se guardaban, por ejemplo, retazos del manto de Elías, piedras del monte Sinaí, huesos de los Profetas, la vara de Moisés, maná, leche de la Virgen, la Cruz, los clavos, la cuna de Jesús, la suela del calzado de San Pedro, pan de la Última Cena, tierra pisada por Jesús, tierra del sepulcro de Lázaro, cabellos de María Magdalena y de la frente de San Juan Bautista y una de las tinajas en las que Jesús convirtió el agua en vino.
En Santiago de Compostela, el más importante centro de peregrinación de Occidente, se conservaban, además del cuerpo de Santiago y según los mismos autores, el hacha con la que cortaron la cabeza al Apóstol, el báculo utilizado en sus viajes, la cabeza de Santiago el Menor, un trozo de la Santa Cruz y otro de la corona de espinas, seis cabezas de las once mil vírgenes y un hueso de la pierna de San Cristóbal. Si bien algunas de estas reliquias resultan extremadamente dudosas, nada se compara con una de las cuentas del rosario de Santiago.
Quizá la reliquia más improbable que se venere en la actualidad sean los restos de los Reyes Magos, que se guardan en una magnífica urna en la catedral de Colonia, en Alemania. Aunque no debemos desestimar las reliquias citadas por el Optimus de Miraculosis Reliquis Brevis Catalogus (Breve Catálogo Ideal de Reliquias Milagrosas): el anillo nupcial de la Virgen María, su hígado, su corazón y su lengua, la oreja de San Pedro, la cola del asno con que Jesucristo entró en Jerusalén, la columna sobre la que cantó el gallo de San Pedro, el cuchillo utilizado en la circuncisión de Jesús, su prepucio, su cordón umbilical y sus pañales, lentejas de la Última Cena, la mesa sobre la que se celebró, espinas de los peces multiplicados por Jesucristo, las huellas de sus asentaderas en una piedra, sin contar los dedos de San Juan Bautista, de los que se veneran sesenta.
Algunas reliquias resultan inhallables, como el Santo Grial, lo cual potencia sus pretendidas virtudes mágicas. La duplicación de una misma reliquia no las disminuye, como cualquier análisis tendería a afirmar, al poner en duda la autenticidad de las candidatas. Algunas de las reliquias más famosas son muy discutidas, como la Sábana Santa o la sangre de San Genaro.
Las reliquias estaban rodeadas de misterio. Misteriosa era su aparición: eran halladas entre las piedras o enterradas o en manos de algún santo obispo que moría en romería o, como los cráneos de los santos Emeterio y Celedonio, aparecidos milagrosamente en la bahía de Santander. Misteriosa era también su conservación y guarda: no todos podían acceder hasta el lugar en que estaban depositadas, por no hablar de contemplarlas.
Los peregrinos sabían dónde yacía el cuerpo de Santiago, pero nadie lo había visto, al punto que algunos peregrinos franceses negaban que se hallara allí. Es más, Jacques Chocheyras sostiene, en su Ensayo histórico sobre Santiago en Compostela, que no se trataría del cuerpo de Santiago sino de nada menos que Prisciliano, hereje español ejecutado a fines del siglo IV. Según las leyendas, un santo obispo celebraba misa todos los días en la cripta, frente al sepulcro del Apóstol, ayudado por los ángeles. Sus enemigos enviaron a un sobrino suyo a observarlo y éste quedó ciego. Más tarde, un sucesor del obispo quiso imitarlo, pero su cuerpo se partió en dos y murió. Desde entonces, el acceso a la cripta fue considerado una osadía o, al menos, una temeridad. Incluso el mismo Felipe II, pese a ser un piadoso monarca, no se atrevía a entrar.
La Cámara Santa de Oviedo estaba resguardada por una reja de hierro y tenía más allá otro cerramiento. Hasta aquí podían llegar los peregrinos; dentro de la cámara, sólo los sacerdotes. Era realmente un Sanctasanctorum. Testimonios medievales cuentan que, en el siglo XII, al visitar Alfonso IX de León la Cámara Santa con su esposa y una hermana, ambas intentaron disimuladamente acercarse a las cajas que contenían las reliquias, lo cual fue advertido por el abad, quien cerró el cofre y le echó llave.
Por lo visto, la curiosidad –y no sólo la femenina– por ver las reliquias resultaba una temeridad. La relación entre la curiosidad y las calamidades sobrevenidas al curioso tiene raíces muy antiguas: basta con recordar el mito de la caja de Pandora o, en la Biblia, a la mujer de Lot convertida en estatua de sal.
En la Edad Moderna no disminuyó el auge de las reliquias. El Concilio de Trento confirmó la licitud de su veneración y se hicieron comunes los “relicarios” personales. La demanda de reliquias continuó y, según Leopoldo Marechal en su Vida de Santa Rosa de Lima, tras su muerte y antes del entierro hubo que vestir a la santa varias veces, ya que la gente le arrancaba los vestidos a pedazos, para quedarse con alguna reliquia.
Las reliquias no son patrimonio exclusivo de las iglesias; muchas están en manos de particulares. Hay incluso coleccionistas, como T.J. Serafin, fundador del apostolado Saints Alive Relics, que reúne una muestra itinerante de reliquias que asciende a unos 600 santos.
Hoy, si bien la veneración de las reliquias tiene ribetes más racionales y su mercado ha mermado, siguen ejerciendo la misma fascinación. La curiosidad por verlas ya no está penalizada por las leyes divinas y humanas, pero, en su esencia, la creencia en el poder mágico de estos objetos continúa incólume: la gente, a falta de reliquias certificadas, atesora estampitas; cuando no objetos de pretendidos santos populares, como Gilda, Rodrigo o el mismísimo Maradona, que tiene su propio culto litúrgico en la Iglesia Maradoniana.
     
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