Satán Claus
Las dos caras del protagonista de la Navidad. Santa Claus es el abuelo perfecto: un anciano que sólo trae sorpresas agradables. Pero, según algunos historiadores, ese vejete bonachón podría estar relacionado, nada menos, que con el demonio.
Por Cristina Longinotti | Ilustraciones: archivo cedoc. “mitos y ritos de la navidad”. pepe rodríguez. ediciones b. 1997.
El Santa Claus escandinavo
La figura
folclórica escandinava para Santa Claus es el
tomte (en Suecia) o nisse (en Noruega y Dinamarca),
especie de genio benefactor –y no tanto–
de los campesinos, que cuida sus viviendas de noche.
Su apariencia física es la de un duende con barba,
vestido de gris y con un gorro rojo tejido sobre su
cabeza.
Si bien es presentada como una criatura esencialmente
benévola, se ofende con facilidad y puede causar
destrozos y hasta muerte de animales, al estilo del
mejor poltergeist. Se lo agasaja habitualmente en la
noche de Navidad con un budín de arroz.
El nombre para Santa Claus en Escandinavia es Jultomten
o Julenissen, en alusión a la fiesta pagana de
Yule, el solsticio de invierno, sobre la cual instaló
la Navidad el cristianismo.
Es probable que esta tradición haya inspirado
a Haddon Sundblom, el dibujante de Coca-Cola, para la
creación de su Santa Claus.
El Santa Claus que conocemos no fue siempre así. No vestía
de rojo ni llevaba regalos de casa en casa en Navidad, ni se desplazaba
por los cielos en un trineo tirado por renos, pero, sobre todo…
no era bueno. La imagen de Santa Claus es el ejemplo del sincretismo
de elementos procedentes de diferentes culturas y tradiciones. También,
claro, es producto del mercado publicitario.
El dato más conocido es que hace varios siglos existió
un santo llamado Nicolás de Bari –o Nicolás a
secas–, quien se destacó por su bondad, especialmente
con los niños. En Asia Menor, en el siglo IV, vivió
un San Nicolás, obispo de la ciudad de Mira y recordado por
sus obras de beneficencia. Sus reliquias fueron transportadas a la
ciudad de Bari, en Italia, donde se construyó una basílica
en el siglo XI para alojarlas. La devoción se extendió
a tal punto que es uno de los principales santos de Rusia y el patrón
de Grecia. Este personaje, evidentemente, tiene muy poco en común
con el Santa Claus actual, salvo la barba que le adjudica la tradición
y la bonhomía que caracterizaba tanto a aquél como a
éste.
Ahora bien, ¿cómo se llegó de San Nicolás
de Bari, obispo cristiano del siglo IV, al Santa Claus o Papá
Noel actual, que vive en el Polo Norte y no en Asia Menor –ni
siquiera en Italia–, que entra en las casas por las chimeneas
para dejar regalos y que se transporta en un trineo tirado por renos?
Para contestar esta pregunta, primero deberemos averiguar si realmente
San Nicolás de Bari evolucionó hacia Santa Claus o si
se trata de diferentes personajes superpuestos.
Hay una serie de tradiciones folclóricas europeas vinculadas
con la imagen de Santa Claus. Una de ellas relata la existencia de
un demonio que descendía con una bolsa por las chimeneas para
secuestrar a los niños, quizá para comérselos
(y aquí nos asaltan las reminiscencias infantiles del “hombre
de la bolsa”). Un hombre santo, quizá el mismo San Nicolás,
consigue someter a este demonio y obligarlo a llevar regalos a los
niños en desagravio. Otras versiones dicen que el demonio se
arrepintió y de ahí en más se transformó
en Santa Claus.
En Gran Bretaña, existe la tradición de Father Christmas
(Padre Navidad), un personaje también anciano y de origen incierto
–aunque quizá relacionado con la religión germánica–,
que viste de verde y cabalga por el cielo en un caballo alado de ocho
patas (curiosamente, la misma cantidad de renos del trineo de Santa
Claus).
El antecedente más directo de Santa Claus es la tradición
holandesa de Sinterklaas, llevada por este pueblo a Norteamérica
(recordemos que Nueva York fue primero Nueva Amsterdam). Sinterklaas
o San Nicolás viste, en la versión holandesa, de rojo
y trae regalos para los niños. Viene desde España con
varios ayudantes llamados Zwarte Pieten (o Black Peters) cuya misión
es castigar a los niños malos o llevarlos a España en
una bolsa. El lugar de origen de Sinterklaas puede parecer meramente
exótico, pero basta tener en cuenta lo que significó
España para los holandeses (Holanda constituía los Países
Bajos del Imperio español) y sumar a esto la presencia de los
Zwarte Pieten (especie de pequeños demonios, acaso inspirados
en los moros), para ver que, en este personaje, está presente
lo negativo, por no calificarlo de abiertamente diabólico.
La fiesta de Sinterklaas no es la Navidad sino el 6 de diciembre,
aniversario de la muerte de San Nicolás, y así se conmemora
todavía en Holanda y Bélgica. Al fundirse las tradiciones
en Norteamérica, se trasladó al 25 de diciembre, y Santa
Claus pasó a entregar los regalos en Navidad.
La historia de jingle bells
La popular
canción norteamericana Jingle Bells, asociada
automáticamente con la Navidad y Santa Claus,
fue escrita por el pastor protestante James Pierpoint
en 1857. Originalmente creada para el Día de
Acción de Gracias (el último jueves de
noviembre), su temática y música joviales
trasladaron su uso rápidamente hacia la Navidad.
Pero en ella no se mencionan en absoluto a esa festividad
ni a Santa Claus, sino que simplemente se hace referencia
a un alegre paseo en un trineo tirado por un caballo.
La asociación de Santa Claus con las chimeneas también
es interesante. Como todo lo relacionado con el fuego, la chimenea
tiene connotaciones demoníacas o hechiceriles; el simple
hecho de utilizar la chimenea como entrada a una casa alude a una
intromisión no deseada. No en vano, el hechicero moderno
más famoso, Harry Potter, viaja de chimenea en chimenea con
ayuda de los “polvos flu”
(flue es chimenea en inglés). El hecho de que Santa Claus
descienda por una chimenea en pleno invierno –o sea, con el
fuego encendido– sugiere que es inmune a él…
como el diablo. Hasta el mismo lugar de residencia de Santa Claus
–el Polo Norte o Finlandia– habla de su carácter
demoníaco: en la literatura, el diablo suele ser descrito
como extremadamente frío –lo que quizá le permite
soportar el calor del infierno–.
Los niños norteamericanos saben que, si no se portan bien
durante el año, Santa Claus, en vez de un juguete, les dejará
un trozo de carbón o unas simples ramas.
En las tradiciones folclóricas de diversos países
es sabido que las riquezas que entrega el diablo son engañosas
y, al poco tiempo, se transforman en carbón o excrementos.
Por si todo esto fuera poco, al diablo se lo apoda en inglés
Old Nick (Viejo Nick).
El escritor norteamericano Washington Irving transformó
al protagonista de la leyenda de Sinterklaas en Santa Claus, al
punto que este personaje, hoy conocido en todo el mundo, es realmente
de origen norteamericano.
Su aspecto comenzó a cobrar la apariencia actual en la segunda
mitad del siglo XIX, con las ilustraciones del dibujante norteamericano
Thomas Nast. En 1863, la revista Harper’s Weekly publicó
una ilustración de Nast donde Santa Claus ya tiene el perfil
que conocemos. Estas imágenes fueron sucediéndose
y se popularizó el color rojo de la vestimenta de Santa Claus
a partir de una ilustración de tarjeta navideña de
1885, ganando de mano al verde traidicional de Father Christmas.
El caballo blanco, asimismo, se convirtió en el trineo tirado
por renos y los Zwarte Pieten de Sinterklaas se vieron transformados
en duendes o gnomos.
La firma Coca-Cola contribuyó mucho a la popularización
de la figura de Santa Claus, al incluirlo en sus campañas
publicitarias navideñas desde la década de 1930, recurso
que continúa utilizando pese a la introducción, en
los últimos años, de la familia de osos polares.
Santo cristiano, demonio pagano o, más bien, resultado final
de la amalgama de diferentes tradiciones y del talento de unos cuantos
dibujantes y publicistas, el Santa Claus de nuestras Navidades manifiesta
una vitalidad que desmiente la avanzada edad que la mitología
le suele atribuir.