Año 1 / Edición N° 9 / DICIEMBRE /
 
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  HISTORIA
Satán Claus
Las dos caras del protagonista de la Navidad. Santa Claus es el abuelo perfecto: un anciano que sólo trae sorpresas agradables. Pero, según algunos historiadores, ese vejete bonachón podría estar relacionado, nada menos, que con el demonio.
Por Cristina Longinotti | Ilustraciones: archivo cedoc. “mitos y ritos de la navidad”. pepe rodríguez. ediciones b. 1997.
 
El Santa Claus escandinavo

La figura folclórica escandinava para Santa Claus es el tomte (en Suecia) o nisse (en Noruega y Dinamarca), especie de genio benefactor –y no tanto– de los campesinos, que cuida sus viviendas de noche. Su apariencia física es la de un duende con barba, vestido de gris y con un gorro rojo tejido sobre su cabeza.
Si bien es presentada como una criatura esencialmente benévola, se ofende con facilidad y puede causar destrozos y hasta muerte de animales, al estilo del mejor poltergeist. Se lo agasaja habitualmente en la noche de Navidad con un budín de arroz.
El nombre para Santa Claus en Escandinavia es Jultomten o Julenissen, en alusión a la fiesta pagana de Yule, el solsticio de invierno, sobre la cual instaló la Navidad el cristianismo.
Es probable que esta tradición haya inspirado a Haddon Sundblom, el dibujante de Coca-Cola, para la creación de su Santa Claus.

 
El Santa Claus que conocemos no fue siempre así. No vestía de rojo ni llevaba regalos de casa en casa en Navidad, ni se desplazaba por los cielos en un trineo tirado por renos, pero, sobre todo… no era bueno. La imagen de Santa Claus es el ejemplo del sincretismo de elementos procedentes de diferentes culturas y tradiciones. También, claro, es producto del mercado publicitario.
El dato más conocido es que hace varios siglos existió un santo llamado Nicolás de Bari –o Nicolás a secas–, quien se destacó por su bondad, especialmente con los niños. En Asia Menor, en el siglo IV, vivió un San Nicolás, obispo de la ciudad de Mira y recordado por sus obras de beneficencia. Sus reliquias fueron transportadas a la ciudad de Bari, en Italia, donde se construyó una basílica en el siglo XI para alojarlas. La devoción se extendió a tal punto que es uno de los principales santos de Rusia y el patrón de Grecia. Este personaje, evidentemente, tiene muy poco en común con el Santa Claus actual, salvo la barba que le adjudica la tradición y la bonhomía que caracterizaba tanto a aquél como a éste.
Ahora bien, ¿cómo se llegó de San Nicolás de Bari, obispo cristiano del siglo IV, al Santa Claus o Papá Noel actual, que vive en el Polo Norte y no en Asia Menor –ni siquiera en Italia–, que entra en las casas por las chimeneas para dejar regalos y que se transporta en un trineo tirado por renos?
Para contestar esta pregunta, primero deberemos averiguar si realmente San Nicolás de Bari evolucionó hacia Santa Claus o si se trata de diferentes personajes superpuestos.
Hay una serie de tradiciones folclóricas europeas vinculadas con la imagen de Santa Claus. Una de ellas relata la existencia de un demonio que descendía con una bolsa por las chimeneas para secuestrar a los niños, quizá para comérselos (y aquí nos asaltan las reminiscencias infantiles del “hombre de la bolsa”). Un hombre santo, quizá el mismo San Nicolás, consigue someter a este demonio y obligarlo a llevar regalos a los niños en desagravio. Otras versiones dicen que el demonio se arrepintió y de ahí en más se transformó en Santa Claus.
En Gran Bretaña, existe la tradición de Father Christmas (Padre Navidad), un personaje también anciano y de origen incierto –aunque quizá relacionado con la religión germánica–, que viste de verde y cabalga por el cielo en un caballo alado de ocho patas (curiosamente, la misma cantidad de renos del trineo de Santa Claus).
El antecedente más directo de Santa Claus es la tradición holandesa de Sinterklaas, llevada por este pueblo a Norteamérica (recordemos que Nueva York fue primero Nueva Amsterdam). Sinterklaas o San Nicolás viste, en la versión holandesa, de rojo y trae regalos para los niños. Viene desde España con varios ayudantes llamados Zwarte Pieten (o Black Peters) cuya misión es castigar a los niños malos o llevarlos a España en una bolsa. El lugar de origen de Sinterklaas puede parecer meramente exótico, pero basta tener en cuenta lo que significó España para los holandeses (Holanda constituía los Países Bajos del Imperio español) y sumar a esto la presencia de los Zwarte Pieten (especie de pequeños demonios, acaso inspirados en los moros), para ver que, en este personaje, está presente lo negativo, por no calificarlo de abiertamente diabólico. La fiesta de Sinterklaas no es la Navidad sino el 6 de diciembre, aniversario de la muerte de San Nicolás, y así se conmemora todavía en Holanda y Bélgica. Al fundirse las tradiciones en Norteamérica, se trasladó al 25 de diciembre, y Santa Claus pasó a entregar los regalos en Navidad.

La historia de jingle bells

La popular canción norteamericana Jingle Bells, asociada automáticamente con la Navidad y Santa Claus, fue escrita por el pastor protestante James Pierpoint en 1857. Originalmente creada para el Día de Acción de Gracias (el último jueves de noviembre), su temática y música joviales trasladaron su uso rápidamente hacia la Navidad. Pero en ella no se mencionan en absoluto a esa festividad ni a Santa Claus, sino que simplemente se hace referencia a un alegre paseo en un trineo tirado por un caballo.

 
La asociación de Santa Claus con las chimeneas también es interesante. Como todo lo relacionado con el fuego, la chimenea tiene connotaciones demoníacas o hechiceriles; el simple hecho de utilizar la chimenea como entrada a una casa alude a una intromisión no deseada. No en vano, el hechicero moderno más famoso, Harry Potter, viaja de chimenea en chimenea con ayuda de los “polvos flu”
(flue es chimenea en inglés). El hecho de que Santa Claus descienda por una chimenea en pleno invierno –o sea, con el fuego encendido– sugiere que es inmune a él… como el diablo. Hasta el mismo lugar de residencia de Santa Claus –el Polo Norte o Finlandia– habla de su carácter demoníaco: en la literatura, el diablo suele ser descrito como extremadamente frío –lo que quizá le permite soportar el calor del infierno–.
Los niños norteamericanos saben que, si no se portan bien durante el año, Santa Claus, en vez de un juguete, les dejará un trozo de carbón o unas simples ramas.
En las tradiciones folclóricas de diversos países es sabido que las riquezas que entrega el diablo son engañosas y, al poco tiempo, se transforman en carbón o excrementos.
Por si todo esto fuera poco, al diablo se lo apoda en inglés Old Nick (Viejo Nick).

El escritor norteamericano Washington Irving transformó al protagonista de la leyenda de Sinterklaas en Santa Claus, al punto que este personaje, hoy conocido en todo el mundo, es realmente de origen norteamericano.
Su aspecto comenzó a cobrar la apariencia actual en la segunda mitad del siglo XIX, con las ilustraciones del dibujante norteamericano Thomas Nast. En 1863, la revista Harper’s Weekly publicó una ilustración de Nast donde Santa Claus ya tiene el perfil que conocemos. Estas imágenes fueron sucediéndose y se popularizó el color rojo de la vestimenta de Santa Claus a partir de una ilustración de tarjeta navideña de 1885, ganando de mano al verde traidicional de Father Christmas. El caballo blanco, asimismo, se convirtió en el trineo tirado por renos y los Zwarte Pieten de Sinterklaas se vieron transformados en duendes o gnomos.
La firma Coca-Cola contribuyó mucho a la popularización de la figura de Santa Claus, al incluirlo en sus campañas publicitarias navideñas desde la década de 1930, recurso que continúa utilizando pese a la introducción, en los últimos años, de la familia de osos polares.
Santo cristiano, demonio pagano o, más bien, resultado final de la amalgama de diferentes tradiciones y del talento de unos cuantos dibujantes y publicistas, el Santa Claus de nuestras Navidades manifiesta una vitalidad que desmiente la avanzada edad que la mitología le suele atribuir.

     
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