Científicos argentinos. ¿En qué Dios creen?
En los Estados Unidos la religión se acaba de colar en las aulas, renovando un viejo debate. ¿Es posible un diálogo entre fe y ciencia? Según una encuesta exclusiva de la
consultora D’Alessio-Irol para NEO, el 50% de los científicos locales cree en Dios. Un 25% es agnóstico y el resto, ateo.
Por Alejandro Agostinelli. Fotografo: Ricardo Merkel. Producción: Sol Alegre. Asistente: Diego Martínez. Actor: Alberto 'Larry' Chaffitelli. Agradecimientos: Denver Química S.A.: Av. Córdoba 2460, www.denver-quimica.com.ar; D&D Hobbies: MT de Alvear 1621, 4812-8837. Prototype.
Qué
dicen
GREGORIO
KLIMOVSKY
El notable epistemólogo deambuló a través del hinduismo,
el budismo y la teosofía. “Quise saber si existía una
realidad espiritual”. Pero ninguna experiencia cambió
su posición agnóstica.
RAY KURZWEIL En su último libro, The Singularity Is Near,
postula una “religión del conocimiento”. Predice que
el hombre, en algún momento, “será capaz de crear a
Dios”.
FERNANDO SARAVÍ “La ciencia no es la única forma que tenemos,
ni la más común, de adquirir conocimiento. Para conocer
el carácter de una persona, por ejemplo, nadie hace
un análisis aleatorizado”, afirma Fernando Saraví, biofísico
de la Universidad Nacional de Cuyo y evangélico: “Uno
no tiene todas las respuestas. Hay muchos milagros sin
confirmación. Yo sólo conozco dos o tres casos. ¿Remisión
espontánea? Puede ser, siempre hay un margen de duda…”,
vacila.
MARIO BUNGE “¿Por qué ‘es mejor’ ser ateo que agnóstico
o teísta?”, le preguntó NEO al epistemólogo argentino,
Mario Bunge, profesor de Filosofía en la Universidad
McGill de Montreal, Canadá. “Porque deja libertad para
investigar, porque no acobarda a la gente con amenazas
de castigo eterno por impiedad o pecado, y porque no
obliga a contemporizar o aplazar la solución de cuestiones
fundamentales, como es el caso de los agnósticos”, opina
Bunge.
MARIA CRISTINA MARTÍN ¿De dónde provienen las estrellas? ¿Cómo fue
creado el Universo? ¿Cuál es nuestro lugar en el Cosmos?
Son preguntas que puede llevar una vida responder, si
es que se logra. Yo me considero una persona religiosa,
pero busco esas respuestas en la ciencia”, explica a
NEO Martín, astrónoma del Instituto Argentino de Radioastronomía
(IAR) e investigadora del CONICET. “Yo nunca percibí
conflictos entre mi profesión y mi fe. Cada una existe
por separado”, enfatiza.
El mes pasado, los discípulos de Dios le mojaron la oreja a
los herederos de Charles Darwin: el Consejo de Educación de
Kansas, Estados Unidos, impuso, seis contra cuatro, que las escuelas
deberán enseñar el Creacionismo, ahora llamado “Diseño
Inteligente”, junto con la Teoría de la Evolución
por selección natural. Mientras los defensores de aquella doctrina
consideraban que “había triunfado la libertad de expresión”,
los ambientes científicos se estremecieron.
Los motivos de alarma sobran: la iniciativa tiene el apoyo del fundamentalismo
cristiano liderado por George W. Bush. También tiene opositores
sorpresivos. “El lugar del Diseño Inteligente no son
las clases de ciencia”, dijo el astrónomo jesuita George
Coyne, director del Observatorio del Vaticano. En los Estados Unidos,
las encuestas abonan la postura religiosa: el 78% de los norteamericanos
cree que Dios creó la vida en la Tierra, según una encuesta
publicada en agosto pasado por el Pew Research Center. La minoría
a favor del darwinismo alcanza el 18%. Pero el conocimiento científico
¿puede someterse a democracia?
Mario Bunge, doctor en ciencias fisicomatemáticas y profesor
de Filosofía en la Universidad McGill de Montreal, Canadá,
le dijo a NEO que le gustaría que los creacionistas pensaran
cómo responder a estas dos preguntas: “¿Por qué
el pie humano es tan ridículo, con diez dedos que no sirven
para escribir ni para tocar el piano? ¿Por qué Dios,
si es tan bueno, inventó la lombriz solitaria, el piojo y el
bacilo de la tuberculosis?”. Para el epistemólogo argentino,
las grandes áreas que enfrentan ciencia y religión son
“la naturaleza, origen y evolución de la vida, que la
biología explica en términos puramente naturalistas;
la naturaleza de la mente, que la neurociencia cognitiva muestra que
es un conjunto de procesos cerebrales; y la función social
y política de las religiones, que son herramientas de control
social conservadoras porque se atienen a presuntas escrituras sagradas,
que no son sino documentos históricos de tiempos bárbaros”.
Fernando Saraví, docente en la Cátedra de Física
Biológica de la Universidad Nacional de Cuyo, admite que las
creencias no son inmunes a la influencia científica. “Más
cuando los datos están bien establecidos”, aclara. Saraví
encarna ambos polos: es científico y evangélico. “La
evidencia de que la vida de la Tierra tiene una larga historia es
muy convincente. Pero la Biblia no es un manual científico.
El gran conflicto es la evolución. Para la ciencia, ésta
es un proceso ciego, azaroso, cuyos resultados no tienen propósito
ni inteligencia. Para los creyentes, simplemente sí.”
Herética fusión
¿Qué idea tienen los científicos argentinos
sobre la religión? La consultora D’Alessio-Irol envió
600 cuestionarios a una muestra aleatoria de investigadores del
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET) preguntándoles todo lo que NEO quiso saber sobre
sus creencias. Esta revista rastreó por mail, por teléfono
y por tierra a más de 20 bioquímicos, físicos,
astrónomos, psicólogos y científicos de otras
áreas para saber si Dios, para ellos, era una hipótesis
atendible o si alguna vez le rezaron en el laboratorio. ¿Ciencia
y fe coexisten sin sobresaltos en una mente formada en el método
científico? ¿Qué papel juega la intuición
de Dios en la búsqueda de verdades no religiosas? El ser
humano que pone un ojo en el microscopio y otro en una divinidad
capaz de irrumpir en el devenir humano ¿es científicamente
confiable?
Para algunos, buscar esas respuestas es poner el dedo en la llaga.
La gran mayoría de los científicos consultados, religiosos
o no, se sustrayeron del debate. Omar Pignataro, director del Laboratorio
de Endocrinología Molecular del Instituto de Biología
y Medicina Experimental (IBYME), estuvo a punto: “Me da vergüenza,
no soy mediático”, se excusó primero. El biólogo,
católico practicante, dice que los agnósticos –por
más tolerantes que se digan– “no son honestos”
cuando dicen respetar a los que creen. Que esos prejuicios le quitan
las ganas de hablar del sentimiento de maravilla que lo colma ante
una célula bajo el microscopio. “Entonces pienso: sólo
puede haber un creador detrás de tanta perfección,
y van a pasar muchos siglos antes que alguien pueda comprenderlo”.
En realidad, el culto al bajo perfil y el temor al qué dirán
es una avenida de doble mano: hubo ateos que retacearon su opinión.
“Hay instituciones científicas donde los que juegan
en primera son creyentes”, se justificó un ateo huidizo.
La
“religión cósmica” de Einstein
Para rechazar
la idea del azar, Albert Einstein afirmó: “Dios
no juega a los dados”. Pero ¿en qué
Dios creía? Guillermo Boido, físico e investigador
en Historia de la Ciencia de la Facultad de Ciencias Exactas
y Naturales de la UBA, aclara las creencias religiosas
del genio de origen judío. – ¿Él rechazó alguna
vez la existencia de Dios? Luego de un período juvenil de escepticismo
religioso, Einstein expresó una profunda religiosidad
que lo acompañaría durante el resto de su
vida. Utilizo este término y no el de religión
porque no creía en algún dios personal que
se ocupe del destino de sus criaturas, como sucede en
el judaísmo o el catolicismo. Su religiosidad derivaba
de su creencia en un Dios muy particular, que se expresa
en la armonía, la legalidad y la racionalidad del
universo. Así puede ser entendida su afirmación
de que era “un no creyente profundamente religioso””.
Y por ello siempre negó que fuese ateo. – ¿A qué cosmovisión
religiosa adhería? La de Baruj Spinoza, el gran filósofo
del siglo XVII. Afirmó muchas veces su creencia
en el Dios de Spinoza, el cual “se revela en la
ordenada armonía de lo que existe”, y no
en un Dios que se interese por el destino y por los actos
de los seres humanos. Aquí Dios y la naturaleza
se identifican, y este sesgo panteísta es común
a Spinoza y a Einstein. De hecho, Einstein habló
de una forma suprema de religiosidad, a la que llamaba
“religión cósmica”. No se trataba,
desde luego, de una religión institucionalizada.
– Sus ideas sobre Dios, ¿eran importantes
en sus concepciones científicas? Sí. Sus concepciones acerca de la física
se fundaban en su creencia de que las especulaciones científicas
provienen de un profundo sentimiento religioso; sin
él, no serían posibles la ciencia y el arte.
Por otra parte, como Spinoza, afirmaba que todos los acontecimientos
de la naturaleza acontecen de acuerdo con leyes inmutables
y deterministas, lo cual le impidió aceptar la
llamada “interpretación ortodoxa de la mecánica
cuántica”, según la cual el carácter
de las leyes físicas, en el dominio de la microfísica,
es esencialmente probabilístico, no determinista.
Si fe y ciencia son presentadas como una mezcla sacrílega
es porque persiste la asociación entre creencia e irracionalidad.
Idea basada, en gran medida, en las instancias históricas
más sensibles en la relación entre ciencia y religión.
No sólo se trata de los ataques que recibió la teoría
evolucionista de Darwin; el perseguido Giordano Bruno, en 1600,
y el proceso a Galileo Galilei, en 1633, fueron dos hitos culminantes
del conflicto.
Muchos pagaron un alto precio por desafiar los dogmas de la Iglesia.
Ya en el siglo XVIII, iluministas, positivistas y marxistas coincidían
en que la religión era “el opio de los pueblos”.
Y en medio de esas refriegas entre ciencia y espíritu, no
tomar partido por la ciencia era sacar patente de oscurantista.
Para que el progreso borrase toda sombra de fe sobre la Tierra era
cuestión de tiempo. Así, entre 1914 y 1933, James
Leuba, psicólogo de la Universidad de Bryn Mawr, quiso –en
sendas encuestas donde determinó que el 43% de los científicos
le rezaba a Dios– defender la hipótesis según
la cual cuanta mayor instrucción recibiera la gente, menos
probable era que creyera en Dios. En 1997, Nature publicó
un trabajo de Edward J. Larson, historiador de la Universidad de
Georgia y Larry Witham, periodista del Washington Times, quienes
intentaron repetir los resultados de Leuba interpelando sobre sus
creencias a biólogos y físicos estadounidenses. El
40% de científicos creía en Dios y en la inmortalidad.
¿Esto demostraba que la fe “se resiste” al progreso
científico? Los investigadores de Nature dirigieron su encuesta
a miembros de la National Academy of Sciences (NAS), cuna de los
científicos top. Y aquí, con relación a las
encuestas de Leuba, el ateísmo se había duplicado.
También había matices por especialidad. El 79% de
los físicos y el 65% de los biólogos no creían
en Dios. En cuanto a los matemáticos, su incredulidad ascendía
al 85%.
Naturalmente, la fe también tiene color local. Entre 2001
y 2003, el antropólogo Ari Pedro Oro entrevistó a
universitarios de tres ciudades brasileñas: el 80,5% adhería
a una religión; sólo el 19,5% no comulgaba con ninguna.
dios ?sale para todos?
Según un reciente estudio de Gallup, 8 de cada 10 argentinos
se define como religioso. La encuesta que acaba de realizar NEO
muestra que, en el caso de los científicos, las cifras de
la fe descienden bruscamente: el 50% de ellos afirmaron creer en
Dios, dividiéndose el resto entre ateos y agnósticos.
La postura agnóstica, lejos de los creyentes pero también
de los ateos (ya que no niega ni afirma, sino que pide pruebas)
es baja. “Este porcentaje –subraya Eloísa Martín,
socióloga e investigadora del CONICET– expresa al científico
que toma distancia de las religiones sin sostener posiciones antirreligiosas”.
Todos nacemos sin religión, y la educación es la casa
matriz: el 67% de los científicos locales recibió
formación religiosa en su niñez. Del total, el 56%
siguió adhiriendo a la religión en que fue educado;
un 25% se volvió agnóstico y un 13%, ateo. Los investigadores
con educación religiosa que luego dejaron de creer, contestaron
que abdicaron de la fe cuando se informaron sobre el origen de las
religiones.
¿Por qué hay más ateos entre los científicos?
“Tal vez, porque eligen hacerse preguntas”, respondió
a NEO el sociólogo italiano Roberto Cipriani, autor de Manual
de Sociología de la Religión. Católico convencido,
Cipriani afirma que el modo más honesto de ser religioso
y científico es informar sobre sus creencias. “Yo necesito
hacer un esfuerzo para mantener alejada mi fe de mis trabajos. Alguna
vez se pueden escapar mis ideas. Por eso, el lector tiene que estar
avisado”.
De los creyentes, 9 de cada 10 científicos locales es católico.
Pero el 93% dice que la fe no incidió en la elección
de su carrera. Tras haber atendido a miles de pacientes con cáncer,
Alejandro Turek, oncólogo clínico, entiende la falta
de fe: “Muchas cosas que vemos en la profesión podrían
perfectamente convertirte en no creyente. El dolor y el sufrimiento
no tienen una explicación mística”, quién
se reconoce judío. Otro oncólogo, Ernesto Gil Deza,
investigador del Instituto Henry Moore, dice que su
catolicismo siempre salió fortalecido ante la adversidad.
“Cada vez que hago ciencia o atiendo a un paciente, profundizo
mi fe. No imagino una vida con sentido sin fe: es lo más
valioso que tengo. Lo dejaría todo por ella”. Gil Deza
descubrió su amor por la ciencia en un colegio lurdista de
Tucumán. Allí, los profesores, todos sacerdotes, “nos
estimularon tanto el conocimiento científico como el religioso.
‘Poca ciencia nos aleja de Dios; y mucha ciencia lo atrae’,
decían”.
Del 33% de científicos religiosos seguros de la intervención
de Dios en las leyes de la naturaleza, el 29% piensa que sus creencias
no entran en conflicto con su formación en ciencia. “La
motivación religiosa no contamina un proceso aséptico
de búsqueda de la verdad. Ni la religión es el ámbito
de lo puramente sagrado ni la ciencia es el ámbito de lo
puramente racional”, concluye Eloísa Martín.
El 64% de los científicos creyentes acepta que Dios puede
responder a pedidos personales. Pero tampoco están tan seguros.
Bertrand Russell, en Ciencia y religión, recordó que,
en la Edad Media, amontonarse a rezar en las iglesias contribuía
a propagar más rápidamente la lepra. Saraví,
que enseña la palabra de Dios, también tiene dudas.
“Pero no ando sembrando el pánico”, aclara.
Lo bueno (y lo malo) de Dios es que su existencia es inverificable:
si no contesta, puede que no exista. Pero, también, puede
que el silencio sea una respuesta.
Debe ser difícil ser Dios y sentir el compromiso de satisfacer
a todo el mundo. Los conflictos de interés deben ser brutales.