EL PLANETA DE LOS SIMIOS
Los monos son más parecidos a nosotros de lo que creemos. Su comportamiento social, su cerebro y hasta su cultura se asemejan a los humanos. Algunos hasta disfrutan del sexo más osado. ¿Qué nos diferencia, entonces,
de los otros animales?
Por Andre Gentil | Fotos: UIP, Focus, Science y CEDOC.
Chimpancé
(Pan troglodytes)
Promedio de vida: 40 a 45 años (en libertad);
más de 60 años (en cautiverio).
Población total: 200.000 (en libertad); 1.450
(cautiverio).
Regiones: Africa ecuatorial.
Peso: 40 a 60 kilos los machos; 32 a 47 las hembras.
Altura: 81.6 centímetros.
Curiosidad: Algunos científicos los incluyen
dentro del género humano (Homo), debido a que
chimpancés y humanos se separaron hace “apenas”
4 a 6 millones de años. Aunque su dieta consta
de vegetales, pueden cazar pequeños mamíferos.
Se ha observado que usan rocas o ramas a modo de herrmientas,
que modifican para comer nueces, hormigas y agua.
También se ríen.
Peluda criatura que anda por la vida balanceando sus 9 metros de altura.
Allí va King Kong, arrastrando sus toneladas hasta que un businessman,
un aventurero y su blonda novia lo cazan, lo empujan, lo aprietan
y lo aterrizan en Nueva York. Y nada menos que para convertirlo en
estrella de circo, para mostrar a los civilizados habitantes de la
ciudad que él, peludo King, es apenas una burda y bruta imitación
de lo que hombres y mujeres somos en realidad. ¿Tan raro
es que el híper gorila se lance contra las duras calles en
busca de su isla perdida, su libertad y su oxigenado amor? ¿Cuánto
de Kong hay en cada uno de esos despavoridos hombrecitos que corren
bajo su sombra? ¿Cuánto de reina simia tendrá
la casi transparente Anne, motor único de los suspiros de emoción
del emperador de los simios?
No hace falta esperar hasta el estreno de la película, el 15
de diciembre, para saber lo mucho que nos parecemos, a juzgar por
los estudios e investigaciones científicas más recientes,
que no hacen otra cosa que ir confirmando que los seres humanos somos,
biológicamente hablando, tan animales como lo que nosotros
clasificamos como “animales”. Y que compartimos el mismo
material del que están hechos moscas, gusanos, leones, potus,
tiburones, perros, loros, bacterias y... monos.
El aporte de clint
Con nada más que 24 años, Clint fue un chimpancé
que vivió en el Centro de Investigaciones de Primates del
Parque Nacional Yerkes, en los Estados Unidos y, dejó algo
a su paso por este mundo: su ADN. Sin ser un acto voluntario, ese
material (que forma los genes), fue estudiado por 67 científicos
de distintos lugares del mundo, que así lograron secuenciar
el 94% del genoma del chimpancé. Luego, lo compararon con
el genoma humano. Y hallaron que personas y chimpancés tienen
una similitud genética del 98,5 %. Una investigación
más puntual y detallada, reveló que hay una cantidad
de código genético duplicado y relocalizado en otros
lugares de la secuencia de letras químicas (Adenina, Guanina,
Citosina y Timina) que conforman a los cromosomas. Con esas variaciones,
el parecido entre humanos y chimpancés es del 96 %. No es
poco.
“En todos los seres vivos el material genético es ADN”,
explica Alberto Kornblihtt, investigador principal del Conicet en
el Laboratorio de Fisiología y Biología Molecular
de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, de la Universidad
de Buenos Aires (UBA). “Hay un diccionario por el cual la
información que está contenida en el ADN es utilizada
por las células para fabricar proteínas. Por lo tanto,
hay un programa fundamental que se manifiesta en las células
comunes a todos los seres vivos. Por eso, decimos que el hombre
es un ser vivo, dentro de los seres vivos es un animal, dentro de
éstos es un vertebrado, luego un mamífero y, en el
grupo de los mamíferos, un primate. Por fin, es alguien cuyo
pariente más cercano (y vivo) es el chimpancé”,
enumera el biólogo argentino.
En ese alfabeto genético varía el orden de los párrafos,
la aparición o desaparición de ciertos componentes.
Como dice Kornblihtt, es como si el mismo texto de El Quijote fuera
impreso en dos ediciones: igual extensión, pero diferente
disposición. ¿Qué saldría de esa lectura?
Un texto con otro sentido. En definitiva, otra historia, otra especie,
pero siempre con una misma base.
Kamasutra
versión selva
¿Alguien
pensó que el sexo es un “privilegio”
humano exclusivo? Basta observar a los bonobos para
comprobar que no lo es tanto. Los bonobos son simios
antropoides parientes cercanos de los chimpancés.
Algunos, los consideran el mejor modelo existente del
último ancestro que tenemos en común seres
humanos y simios; uno que habría vivido hace
cinco millones de años.
“Los bonobos –relata Frans de Waal, catedrático
en Conducta de primates de la Universidad de Emory (Atlanta,
Estados Unidos)- tienen relaciones sexuales en todas
las posiciones imaginables y con todas las combinaciones
de compañeros posibles. Contradicen la noción
de que el sexo tiene como único fin la procreación.
Con frecuencia los miembros implicados en la actividad
sexual son del mismo sexo, o las relaciones tienen lugar
durante el período del ciclo menstrual de la
hembra, en el que ésta no es fértil. Durante
mis observaciones, era más probable que la actividad
sexual ocurriera en momentos de tensión, como
cuando existía un riesgo de competitividad por
la comida, o como forma de reconciliarse después
de una pelea.”
De hecho, los bonobos tienen sexo cara a cara, dado
que las hembras están anatómicamente preparadas,
al tener su órgano sexual entre las piernas y
no en la parte trasera, como sí lo tienen las
chimpancés. “La extrema variedad de contactos
eróticos es impresionante, sobre todo si incluimos
el esporádico sexo oral, el masaje de genitales
entre individuos y el beso con lengua”. Además,
hay intercambio de sexo por comida.
Las hembras bonobos ocupan las posiciones más
importantes en la sociedad y los conflictos dentro de
la comunidad se resuelven por medio del contacto sexual.
Literalmente, hacen el amor, y no la guerra.
Animales ¿y algo más? “Nosotros somos simplemente animales. Animales especiales,
seguro, pero animales. Tenemos corazones, hígados, cerebros,
y necesitamos oxígeno tal como todos los animales, y compartimos
con otros mamíferos el hecho de tener pelo y glándulas
mamarias”, le dice a NEO el holandés Frans de Waal, uno
de los más importantes primatólogos del mundo. “En
realidad, no tenemos nada que otros animales no tengan. Inclusive
nuestro cerebro, que es más grande y más complejo que
el de cualquier otro, carece de partes que falten en otros cerebros
animales”.
Respira, y lanza una frase contundente: “Sólo cuando
aceptamos estas similitudes básicas, y el hecho de que pertenecemos
al reino animal, podemos empezar a discutir cuáles son las
diferencias”.
Kornblihtt puntualiza: “No hay dudas de que los seres humanos
tenemos características muy desarrolladas, como el estado consciente,
el lenguaje articulado, la capacidad de comunicarnos y de transformar
el medio de una manera como ninguna otra especie lo ha hecho. Esa
capacidad es la puesta en práctica de una serie de habilidades
que tienen que ver con el desarrollo de nuestro sistema nervioso.
Sistema que otras especies tienen también, pero en menor complejidad,
en menor escala y con más limitaciones”.
Para de Waal, Director del Centro de Estudios sobre evolución
de humanos y simios antropoides de la ciudad de Atlanta (EE.UU.),
la gran diferencia entre personas y animales es el lenguaje. Aun cuando
los simios pueden usar símbolos en el lenguaje de señas,
ninguno pudo acercarse al nivel del humano. ”Pero si el
lenguaje es verdaderamente especial –advierte– la cultura
lo es menos, porque las evidencias de que hay una cultura animal abundan.
A veces una comunidad rompe nueces con una piedra, mientras que otras
tienen nueces y piedras en el bosque pero no hacen nada con ellas.
Estas diferencias son culturales, porque no dependen de los genes
pero sí de las invenciones que son transmitidas de individuo
a individuo”. los tres monos sabios
Pero volvamos por unos minutos a Kong y a su situación en la
ajetreada “capital del mundo”. Él se siente amenazado,
se asusta, se enoja, ataca... Toda una semejanza con la vida real
de las selvas de cemento. Porque Kong, además del 98,5% de
sus genes, comparte otras cosas con sus vecinos. ¿El peludo
sólo imita cual espejo, aunque un poco distorsionado? ¿O
pone en juego una historia y un aprendizaje propios, en cada cosa
que hace?
Frans de Waal opina que el gigante y sus homónimos reales tienen
su propia razón de ser. “Cada vez encontramos más
pruebas de la existencia de la cultura animal”, dice en su libro
El simio y el aprendiz de sushi. Y aclara: “Cuando decimos que
una persona es culta, es porque ha conseguido un refinamiento en sus
gustos, un intelecto desarrollado y una serie de valores y principios
morales. Pero la cultura en relación con los animales no es
eso. Para ellos sólo significa que los conocimientos y costumbres
se han adquirido a través de otros, lo que explica por qué
dos grupos de la misma especie pueden comportase diferente”.
Estudios hechos con un tipo de monos que se denominan “tota”
muestran que lo que se entiende como “enemigo” es algo
que se aprende. Los tota viven en grupos y se avisan con gritos de
alarma cuando alguno ve a un depredador. Pero no todos los gritos
son iguales, por lo cual sus congéneres pueden saber de qué
tipo de peligro deben escapar. Por su parte, Dorothy Cheney y Robert
Seyfarth, investigadores del Departamento de Biología y del
de Psicología de la Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos),
publicaron en su libro Cómo los monos ven el mundo, que los
tota que más sobreviven son los que primero observan cómo
reaccionan los mayores a los gritos de alerta. Es decir que por más
mono que se sea, no todo se resuelve con salir corriendo.
El profesor de Psicología de la Universidad de Indiana (EE.UU.),
Winthrop Kellogg, organizó entre 1932 y 1933 el experimento
The Ape and The Child (El simio y el niño, que después
tomó la forma de un libro), y juntó nada menos que a
su esposa, a su hijo Donald de 10 meses y a Gua, una chimpancé
de 7 meses.
Sucedieron cosas fascinantes. Después de unos meses, Donald
comenzó a gruñir cuando le acercaban la comida, y Gua,
un buen día, se sentó correctamente sobre una silla,
enfrente del escritorio de la casa, puso sus dedazos sobre el teclado
de una máquina de escribir y empezó a darle con alma
y vida a las teclas. Nada se sabe de los resultados literarios de
la chimpancé, pero valga aclarar que no le dieron tiempo porque
fue despachada de la casa antes de que Donald se diera golpazos en
pleno pecho.
Números
monos
Hay al menos 145 especies vivas de antropoides
(Anthropoidea), suborden de los primates.
Más del 90 % de ellos son monos: las especies
restantes son simios y humanos.
Los antropoides tienen dos ramas independientes
con 30 millones de años de diferencia: los
Platyrrhini o monos del Nuevo Mundo y los Catarrhini
(monos del Viejo Mundo, simios y humanos).
El tiempo de gestación de gorilas, chimpancés,
bonobos y orangutanes es en promedio de 8 meses. El
de los humanos, 9.
Chimpancés y humanos comparten el 98,5 por
ciento de su genoma.
El número de diferencias genéticas
entre los humanos y los chimpancés es casi
60 veces menor que entre los humanos y los ratones.
Una persona y un chimpancé tienen 10 veces
más diferencias genéticas que dos personas
entre sí.
Mientras que una persona vive un término
medio de 75 años, los demás simios llegan
como máximo a los 40/60 años.
Pena, ayuda, rabia, sexo
Más allá de que el trabajo de Kelloggs concluyera
con la idea de que el medio ambiente favorece cierto tipo de comportamientos
en chimpancés y en chicos, hay otras preguntas. Agradecimiento
o cooperación, como sea que se quieran mirar... ¿son
solamente humanos? Quién sabe. Pero de Waal demostró
que los monos capuchinos pardos comparten su comida con otros compañeros
que los hubieran ayudado a conseguirla. Y, desde el punto de vista
humano, se acompañan en el sufrimiento. “Los chimpancés
–describe de Waal– se acercan a las víctimas
que sufrieron algún ataque por parte de los machos dominantes,
le ponen el brazo encima, le dan suaves golpes en la espalda o lo
despulgan”. Es decir, lo consuelan. Este comportamiento no
se observó en todos los monos, que suelen escaparse del más
débil, sino en los parientes más cercanos de los seres
humanos, los simios antropoides.
Bichos bastante menos simpáticos como los vampiros se ayudan
unos a otros para sobrevivir: si algún animal del grupo pasa
días sin ingerir sangre, otros la regurgitan en las bocas
del hambriento. Y si al otro día no pudo alimentarse el salvador,
recibe igual trato.
Thomas Kunz, biólogo de la universidad de Boston, publicó
en el Journal of Zoology haber visto a hembras pertenecientes a
la especie de los murciélagos de la fruta hacer de parteras
frente a otras compañeras que, en la posición incorrecta,
no lograban dar a luz. La futura madre, cabeza abajo, no podía
parir: otra pasó más de dos horas sacándole
las pulgas, abanicándola y envolviéndola con sus alas,
mostrándole ella misma cómo debía colocarse
para parir. Cuando la cría nació, la “partera”
la lamió y la ayudó a subir al lomo de su madre.
Todos de la misma madre
“Que la similitud entre humanos y chimpancés sea del
98,5% suena realmente increíble”, comenta risueño
Frans de Waal. “Pero también podemos verlo de una manera
diferente, porque las personas compartimos el 50% de nuestro material
genético con una... banana”.
El científico además agrega que deberíamos
ser conscientes de que algunos genes tienen una función regulatoria,
es decir, que controlan la expresión de otros genes. Dichos
genes pueden ser extremadamente poderosos, y quizá tengan
un peso mucho más fuerte. Si el 1,5% de diferencia entre
nosotros y los simios involucrara a tales genes regulatorios, probablemente
deberíamos aumentar la diferencia entre nosotros y ellos
a un 10%.”
Los seres humanos actuales (Homo sapiens sapiens) apenas vamos por
el cumpleaños número 200.000. Hace 6 ó 7 millones
de años, nuestros ancestros se abrían de la rama desde
la cual descienden los actuales chimpancés. Es muy factible
que no hayan vivido juntos por entonces, según muestran estudios
hechos por investigadores de California y publicados en la revista
Nature.
“La vida se podría haber desarrollado en el planeta
con forma de un animal, plantas, bacterias, sin la aparición
de una especie con estado consciente, como la humana”, comenta
Alberto Kornblihtt. “Además, ni siquiera está
demasiado claro que el estado consciente sea una exclusividad de
los seres humanos: hay muchas capacidades en los grandes simios
que son comparables con nuestras propias habilidades”. Si
las similitudes son tantas, tal vez éste sea, en verdad el
planeta de los simios.