Año 1 / Edición N° 9 / DICIEMBRE /
 
Animales y humanos
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  Animales y humanos
EL PLANETA DE LOS SIMIOS
Los monos son más parecidos a nosotros de lo que creemos. Su comportamiento social, su cerebro y hasta su cultura se asemejan a los humanos. Algunos hasta disfrutan del sexo más osado. ¿Qué nos diferencia, entonces, de los otros animales?
Por Andre Gentil | Fotos: UIP, Focus, Science y CEDOC.
 
Chimpancé (Pan troglodytes)
  • Promedio de vida: 40 a 45 años (en libertad); más de 60 años (en cautiverio).
  • Población total: 200.000 (en libertad); 1.450 (cautiverio).
  • Regiones: Africa ecuatorial.
  • Peso: 40 a 60 kilos los machos; 32 a 47 las hembras.
  • Altura: 81.6 centímetros.
  • Curiosidad: Algunos científicos los incluyen dentro del género humano (Homo), debido a que chimpancés y humanos se separaron hace “apenas” 4 a 6 millones de años. Aunque su dieta consta de vegetales, pueden cazar pequeños mamíferos. Se ha observado que usan rocas o ramas a modo de herrmientas, que modifican para comer nueces, hormigas y agua. También se ríen.
 
Peluda criatura que anda por la vida balanceando sus 9 metros de altura. Allí va King Kong, arrastrando sus toneladas hasta que un businessman, un aventurero y su blonda novia lo cazan, lo empujan, lo aprietan y lo aterrizan en Nueva York. Y nada menos que para convertirlo en estrella de circo, para mostrar a los civilizados habitantes de la ciudad que él, peludo King, es apenas una burda y bruta imitación de lo que hombres y mujeres somos en realidad.
¿Tan raro es que el híper gorila se lance contra las duras calles en busca de su isla perdida, su libertad y su oxigenado amor? ¿Cuánto de Kong hay en cada uno de esos despavoridos hombrecitos que corren bajo su sombra? ¿Cuánto de reina simia tendrá la casi transparente Anne, motor único de los suspiros de emoción del emperador de los simios?
No hace falta esperar hasta el estreno de la película, el 15 de diciembre, para saber lo mucho que nos parecemos, a juzgar por los estudios e investigaciones científicas más recientes, que no hacen otra cosa que ir confirmando que los seres humanos somos, biológicamente hablando, tan animales como lo que nosotros clasificamos como “animales”. Y que compartimos el mismo material del que están hechos moscas, gusanos, leones, potus, tiburones, perros, loros, bacterias y... monos.

El aporte de clint
Con nada más que 24 años, Clint fue un chimpancé que vivió en el Centro de Investigaciones de Primates del Parque Nacional Yerkes, en los Estados Unidos y, dejó algo a su paso por este mundo: su ADN. Sin ser un acto voluntario, ese material (que forma los genes), fue estudiado por 67 científicos de distintos lugares del mundo, que así lograron secuenciar el 94% del genoma del chimpancé. Luego, lo compararon con el genoma humano. Y hallaron que personas y chimpancés tienen una similitud genética del 98,5 %. Una investigación más puntual y detallada, reveló que hay una cantidad de código genético duplicado y relocalizado en otros lugares de la secuencia de letras químicas (Adenina, Guanina, Citosina y Timina) que conforman a los cromosomas. Con esas variaciones, el parecido entre humanos y chimpancés es del 96 %. No es poco.
“En todos los seres vivos el material genético es ADN”, explica Alberto Kornblihtt, investigador principal del Conicet en el Laboratorio de Fisiología y Biología Molecular de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, de la Universidad de Buenos Aires (UBA). “Hay un diccionario por el cual la información que está contenida en el ADN es utilizada por las células para fabricar proteínas. Por lo tanto, hay un programa fundamental que se manifiesta en las células comunes a todos los seres vivos. Por eso, decimos que el hombre es un ser vivo, dentro de los seres vivos es un animal, dentro de éstos es un vertebrado, luego un mamífero y, en el grupo de los mamíferos, un primate. Por fin, es alguien cuyo pariente más cercano (y vivo) es el chimpancé”, enumera el biólogo argentino.
En ese alfabeto genético varía el orden de los párrafos, la aparición o desaparición de ciertos componentes. Como dice Kornblihtt, es como si el mismo texto de El Quijote fuera impreso en dos ediciones: igual extensión, pero diferente disposición. ¿Qué saldría de esa lectura? Un texto con otro sentido. En definitiva, otra historia, otra especie, pero siempre con una misma base.

Kamasutra versión selva

¿Alguien pensó que el sexo es un “privilegio” humano exclusivo? Basta observar a los bonobos para comprobar que no lo es tanto. Los bonobos son simios antropoides parientes cercanos de los chimpancés. Algunos, los consideran el mejor modelo existente del último ancestro que tenemos en común seres humanos y simios; uno que habría vivido hace cinco millones de años.
“Los bonobos –relata Frans de Waal, catedrático en Conducta de primates de la Universidad de Emory (Atlanta, Estados Unidos)- tienen relaciones sexuales en todas las posiciones imaginables y con todas las combinaciones de compañeros posibles. Contradicen la noción de que el sexo tiene como único fin la procreación. Con frecuencia los miembros implicados en la actividad sexual son del mismo sexo, o las relaciones tienen lugar durante el período del ciclo menstrual de la hembra, en el que ésta no es fértil. Durante mis observaciones, era más probable que la actividad sexual ocurriera en momentos de tensión, como cuando existía un riesgo de competitividad por la comida, o como forma de reconciliarse después de una pelea.”
De hecho, los bonobos tienen sexo cara a cara, dado que las hembras están anatómicamente preparadas, al tener su órgano sexual entre las piernas y no en la parte trasera, como sí lo tienen las chimpancés. “La extrema variedad de contactos eróticos es impresionante, sobre todo si incluimos el esporádico sexo oral, el masaje de genitales entre individuos y el beso con lengua”. Además, hay intercambio de sexo por comida.
Las hembras bonobos ocupan las posiciones más importantes en la sociedad y los conflictos dentro de la comunidad se resuelven por medio del contacto sexual. Literalmente, hacen el amor, y no la guerra.

 
Animales ¿y algo más?
“Nosotros somos simplemente animales. Animales especiales, seguro, pero animales. Tenemos corazones, hígados, cerebros, y necesitamos oxígeno tal como todos los animales, y compartimos con otros mamíferos el hecho de tener pelo y glándulas mamarias”, le dice a NEO el holandés Frans de Waal, uno de los más importantes primatólogos del mundo. “En realidad, no tenemos nada que otros animales no tengan. Inclusive nuestro cerebro, que es más grande y más complejo que el de cualquier otro, carece de partes que falten en otros cerebros animales”.
Respira, y lanza una frase contundente: “Sólo cuando aceptamos estas similitudes básicas, y el hecho de que pertenecemos al reino animal, podemos empezar a discutir cuáles son las diferencias”.
Kornblihtt puntualiza: “No hay dudas de que los seres humanos tenemos características muy desarrolladas, como el estado consciente, el lenguaje articulado, la capacidad de comunicarnos y de transformar el medio de una manera como ninguna otra especie lo ha hecho. Esa capacidad es la puesta en práctica de una serie de habilidades que tienen que ver con el desarrollo de nuestro sistema nervioso. Sistema que otras especies tienen también, pero en menor complejidad, en menor escala y con más limitaciones”.
Para de Waal, Director del Centro de Estudios sobre evolución de humanos y simios antropoides de la ciudad de Atlanta (EE.UU.), la gran diferencia entre personas y animales es el lenguaje. Aun cuando los simios pueden usar símbolos en el lenguaje de señas, ninguno pudo acercarse al nivel del humano.
”Pero si el lenguaje es verdaderamente especial –advierte– la cultura lo es menos, porque las evidencias de que hay una cultura animal abundan. A veces una comunidad rompe nueces con una piedra, mientras que otras tienen nueces y piedras en el bosque pero no hacen nada con ellas. Estas diferencias son culturales, porque no dependen de los genes pero sí de las invenciones que son transmitidas de individuo a individuo”. los tres monos sabios
Pero volvamos por unos minutos a Kong y a su situación en la ajetreada “capital del mundo”. Él se siente amenazado, se asusta, se enoja, ataca... Toda una semejanza con la vida real de las selvas de cemento. Porque Kong, además del 98,5% de sus genes, comparte otras cosas con sus vecinos. ¿El peludo sólo imita cual espejo, aunque un poco distorsionado? ¿O pone en juego una historia y un aprendizaje propios, en cada cosa que hace?
Frans de Waal opina que el gigante y sus homónimos reales tienen su propia razón de ser. “Cada vez encontramos más pruebas de la existencia de la cultura animal”, dice en su libro El simio y el aprendiz de sushi. Y aclara: “Cuando decimos que una persona es culta, es porque ha conseguido un refinamiento en sus gustos, un intelecto desarrollado y una serie de valores y principios morales. Pero la cultura en relación con los animales no es eso. Para ellos sólo significa que los conocimientos y costumbres se han adquirido a través de otros, lo que explica por qué dos grupos de la misma especie pueden comportase diferente”.
Estudios hechos con un tipo de monos que se denominan “tota” muestran que lo que se entiende como “enemigo” es algo que se aprende. Los tota viven en grupos y se avisan con gritos de alarma cuando alguno ve a un depredador. Pero no todos los gritos son iguales, por lo cual sus congéneres pueden saber de qué tipo de peligro deben escapar. Por su parte, Dorothy Cheney y Robert Seyfarth, investigadores del Departamento de Biología y del de Psicología de la Universidad de Pennsylvania (Estados Unidos), publicaron en su libro Cómo los monos ven el mundo, que los tota que más sobreviven son los que primero observan cómo reaccionan los mayores a los gritos de alerta. Es decir que por más mono que se sea, no todo se resuelve con salir corriendo.
El profesor de Psicología de la Universidad de Indiana (EE.UU.), Winthrop Kellogg, organizó entre 1932 y 1933 el experimento The Ape and The Child (El simio y el niño, que después tomó la forma de un libro), y juntó nada menos que a su esposa, a su hijo Donald de 10 meses y a Gua, una chimpancé de 7 meses.
Sucedieron cosas fascinantes. Después de unos meses, Donald comenzó a gruñir cuando le acercaban la comida, y Gua, un buen día, se sentó correctamente sobre una silla, enfrente del escritorio de la casa, puso sus dedazos sobre el teclado de una máquina de escribir y empezó a darle con alma y vida a las teclas. Nada se sabe de los resultados literarios de la chimpancé, pero valga aclarar que no le dieron tiempo porque fue despachada de la casa antes de que Donald se diera golpazos en pleno pecho.

Números monos
  • Hay al menos 145 especies vivas de antropoides (Anthropoidea), suborden de los primates.
  • Más del 90 % de ellos son monos: las especies restantes son simios y humanos.
  • Los antropoides tienen dos ramas independientes con 30 millones de años de diferencia: los Platyrrhini o monos del Nuevo Mundo y los Catarrhini (monos del Viejo Mundo, simios y humanos).
  • El tiempo de gestación de gorilas, chimpancés, bonobos y orangutanes es en promedio de 8 meses. El de los humanos, 9.
  • Chimpancés y humanos comparten el 98,5 por ciento de su genoma.
  • El número de diferencias genéticas entre los humanos y los chimpancés es casi 60 veces menor que entre los humanos y los ratones.
  • Una persona y un chimpancé tienen 10 veces más diferencias genéticas que dos personas entre sí.
  • Mientras que una persona vive un término medio de 75 años, los demás simios llegan como máximo a los 40/60 años.
 
Pena, ayuda, rabia, sexo
Más allá de que el trabajo de Kelloggs concluyera con la idea de que el medio ambiente favorece cierto tipo de comportamientos en chimpancés y en chicos, hay otras preguntas. Agradecimiento o cooperación, como sea que se quieran mirar... ¿son solamente humanos? Quién sabe. Pero de Waal demostró que los monos capuchinos pardos comparten su comida con otros compañeros que los hubieran ayudado a conseguirla. Y, desde el punto de vista humano, se acompañan en el sufrimiento. “Los chimpancés –describe de Waal– se acercan a las víctimas que sufrieron algún ataque por parte de los machos dominantes, le ponen el brazo encima, le dan suaves golpes en la espalda o lo despulgan”. Es decir, lo consuelan. Este comportamiento no se observó en todos los monos, que suelen escaparse del más débil, sino en los parientes más cercanos de los seres humanos, los simios antropoides.
Bichos bastante menos simpáticos como los vampiros se ayudan unos a otros para sobrevivir: si algún animal del grupo pasa días sin ingerir sangre, otros la regurgitan en las bocas del hambriento. Y si al otro día no pudo alimentarse el salvador, recibe igual trato.
Thomas Kunz, biólogo de la universidad de Boston, publicó en el Journal of Zoology haber visto a hembras pertenecientes a la especie de los murciélagos de la fruta hacer de parteras frente a otras compañeras que, en la posición incorrecta, no lograban dar a luz. La futura madre, cabeza abajo, no podía parir: otra pasó más de dos horas sacándole las pulgas, abanicándola y envolviéndola con sus alas, mostrándole ella misma cómo debía colocarse para parir. Cuando la cría nació, la “partera” la lamió y la ayudó a subir al lomo de su madre.

Todos de la misma madre
“Que la similitud entre humanos y chimpancés sea del 98,5% suena realmente increíble”, comenta risueño Frans de Waal. “Pero también podemos verlo de una manera diferente, porque las personas compartimos el 50% de nuestro material genético con una... banana”.
El científico además agrega que deberíamos ser conscientes de que algunos genes tienen una función regulatoria, es decir, que controlan la expresión de otros genes. Dichos genes pueden ser extremadamente poderosos, y quizá tengan un peso mucho más fuerte. Si el 1,5% de diferencia entre nosotros y los simios involucrara a tales genes regulatorios, probablemente deberíamos aumentar la diferencia entre nosotros y ellos a un 10%.”
Los seres humanos actuales (Homo sapiens sapiens) apenas vamos por el cumpleaños número 200.000. Hace 6 ó 7 millones de años, nuestros ancestros se abrían de la rama desde la cual descienden los actuales chimpancés. Es muy factible que no hayan vivido juntos por entonces, según muestran estudios hechos por investigadores de California y publicados en la revista Nature.
“La vida se podría haber desarrollado en el planeta con forma de un animal, plantas, bacterias, sin la aparición de una especie con estado consciente, como la humana”, comenta Alberto Kornblihtt. “Además, ni siquiera está demasiado claro que el estado consciente sea una exclusividad de los seres humanos: hay muchas capacidades en los grandes simios que son comparables con nuestras propias habilidades”. Si las similitudes son tantas, tal vez éste sea, en verdad el planeta de los simios.

     
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