Placer devorador
Éxtasis, speed, cocaína, marihuana, tabaco, alcohol: no todas las drogas son iguales. Cómo actúan sobre el circuito cerebral de la recompensa. Mitos y realidad de la dependencia. Si querés saber la verdad sobre el consumo, atrevete a leer esta nota.
Por Verónica Engler | Arte digiital y tapa: Martín Badía. Fotos: Ricardo Merkel, AFP, FOCUS, CEDOC, DEA, NIH y Science. Producción: Sol Alegre. Modelo / Actor: Gabriel Vozza. Infografías: Clara González.
Adicción
en cifras
Porcentaje de personas que consumieron sustancias
psicoactivas en el 2004, en la población argentina
de 16 a 64 años
medicamentos con uso l?cito
sedantes: 1,6
estimulantes: 0,1
Fuente: SEDRONAR
Diego Maradona y Joaquín Sabina son dos ejemplos de esa generación
de celebreties que se pasaron de la raya y pudieron volver para contarla.
Cada uno se recuperó de esa resaca brava que deja la adicción
a la cocaína.
Pero mientras unos vuelven, otros están yendo. Kate Moss (31)
quedó escrachada en la tapa del sensacionalista Daily Mirror
aspirando cocaína. Lapo Elkann (28), uno de los herederos del
imperio Fiat en Italia, también apareció en diarios
y revistas: la mezcla de alcohol, cocaína, heroína y
opio casi lo mata.
Pero estos excesos vienen menguando en nuestras pampas. Según
datos de la Secretaría de Programación para la Prevención
de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico
(SEDRONAR), en la Argentina bajó el consumo de cocaína.
En 1999 el polvo blanco rankeaba segundo, después del tabaco.
Hoy se encuentra en el cuarto lugar, debajo del tabaco, el alcohol
y la marihuana.
Las décadas pasan, algunos consumos quedan y otros se aggiornan.
Las llamadas “drogas sintéticas”, ahora, son las
estrellas en las pistas de baile de cualquier metrópoli.
Estas drogas (éxtasis, speed, GHB y ketamina, entre otras)
son elaboradas a partir de compuestos que no se dan espontáneamente
en la naturaleza.
Al placer, hacia allí apuntan los consumos festivos de sustancias
psicoactivas, aunque a veces las consecuencias resultan peligrosas.
La dicha, en sus diferentes formas, tiene una manifestación
muy precisa en el cerebro. “Tenemos una estructura neurológica,
que compartimos con otros animales, ligada al hambre, la sed y el
deseo sexual, por lo que se la relaciona con la supervivencia de la
propia especie”, indica Gonzalo Gómez Arévalo,
Jefe de Neurología del Instituto de Neurología Cognitiva
(INECO).
Cada vez que sentimos una necesidad y la saciamos, en nuestra cabeza
se activa una peculiar conexión funcional entre neuronas que
forman un circuito de la recompensa. “En el área tegmental
ventral se libera el neurotransmisor dopamina hacia el núcleo
accumbens (una zona del sistema límbico del cerebro medio)”,
detalla Diana Jerusalinsky, directora del Laboratorio de Neurotoxinas
y Neuroplasticidad de la Facultad de Medicina de la UBA. Otro neurotransmisor
es el que da inicio a este proceso: la serotonina regula la producción
de dopamina en el área tegmental ventral (ver infografía
pág. 44). “Un punto clave en la percepción
del placer reside en el nucleus
accumbens”, agrega Gómez Arévalo. Esto es lo que
hace que cualquier actividad que libere dopamina en esa zona del cerebro
tienda a ser reforzada (con alimentos, bebidas o actividad sexual).
Pero cuando este sistema se desfasa, hay problemas: el exceso o carencia
de dopamina caracteriza a patologías como el Mal de Parkinson,
la esquizofrenia y la autoadministración compulsiva de drogas.
“Después de ingerir cocaína, los niveles de dopamina
y serotonina en el núcleo accumbens llegan a ser muy altos;
lo mismo pasa cuando dos animales van a tener relaciones sexuales”,
explica Gómez Arévalo. “La nicotina, tal vez
la droga más adictiva y más ampliamente abusada, bloquea
ciertos receptores que inhiben la liberacion de dopamina. El aumento
de dopamina puede servir como un reforzador constante para fumar”,
revela Jerusalinsky.
Abuso y miedo La triple frontera del consumo marcada por la dependencia,
la tolerancia y el síndrome de abstinencia permite definir
a las sustancias de abuso, aquellas que estimulan un consumo cada
vez más asiduo e inevitable, es decir, adictivo.
La tolerancia implica la necesidad de aumentar la dosis de una droga
para seguir produciendo el mismo efecto. “La dependencia se
refiere a un estado adaptativo que se desarrolla en respuesta a
la administración repetida de la droga. Cuando se interrumpe
el consumo en un adicto, se produce el síndrome de abstinencia,
que puede estar caracterizado por síntomas físicos
y emocionales”, explica el farmacólogo Víctor
Molina, de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad
Nacional de Córdoba.
Los especialistas acuerdan en considerar a la adicción como
una patología multicausal que depende tanto de la sustancia
que se consume como de las características de la personalidad
del individuo, del entorno ambiental e inclusive de factores genéticos.
“Una persona que prueba una droga no necesariamente se vuelve
adicta. Hay un prejuicio por el que se supone que todo el mundo
se puede volver adicto”, reflexiona.
Molina investiga en particular los mecanismos adictivos que puede
producir la benzodiacepina, una sustancia que contienen muchos tranquilizantes
(como el Valium y el Lexotanil). “En la mayoría de
las drogas de abuso, aparte de los signos físicos, la abstinencia
produce un estado emocional negativo, síndrome depresivo
y desorden de ansiedad –detalla–. La abstinencia en
las drogas facilita la formación de una memoria de miedo”.
Molina busca fármacos que eviten la aparición de esa
memoria de miedo. El objetivo es evitar la situación traumática
que genera la abstinencia, “porque cualquier factor estresante
facilita la reincidencia”.
Marihuana:
¿nueva terapia?
Pocos discuten
los beneficios que aporta la Cannabis sativa (marihuana)
para aumentar el apetito en personas con SIDA, evitar
las nauseas producidas por la quimioterapia en pacientes
con cáncer y también para tratar glaucomas.
Sin embargo, en muy pocos lugares se acepta legalmente
su uso terapéutico e inclusive su investigación.
“La prohibición para estudiar el THC (delta
9 tetrahidrocannabinol, el principio activo de la marihuana)
en algunos lugares es una aberración ideológica”,
opina Edda Adler, vice directora del Instituto de Investigaciones
Farmacológicas (ININFA) de la Facultad de Farmacia
y Bioquímica (UBA).
Adler estudia un canabinoide endógeno (una especie
de marihuana fabricada por nuestro propio organismo),
la anandamida, que resulta especialmente útil
para tratar ciertas afecciones cardíacas. Esta
sustancia, presente en muy baja concentración
en el chocolate, se une en el cerebro a los mismos receptores
que el THC. “Es interesante ver cómo se
pueden manipular los niveles endógenos de anandamida
en determinadas patologías, en las que se necesita
modificar los niveles o bloquear los receptores a los
que se une”, explica.
En el Journal of Clinical Investigation se acaba de
publicar un estudio que está dando de qué
hablar en el mundo entero. La investigación,
llevada a cabo por científicos del Departmento
de Psiquiatría de la Universidad de Saskatchewan
(Canadá), revela que la marihuana mejora la actividad
del cerebro.
Los experimentos en ratas que recibieron una dosis potente
de un tipo de canabinoide artificial, el HU210, mostraron
que la droga estimula el crecimiento de nuevas células
cerebrales en el hipocampo, un área del cerebro
que controla las emociones y que está asociada
al aprendizaje y la memoria.
El resultado de esta investigación se contradice
con estudios previos que enfatizaban los riesgos del
uso de cannabis, incluyendo un aumento en el grado de
psicosis en consumidores vulnerables, y riesgo de cáncer
de pulmón, similar al de los fumadores de tabaco.
“Nuestros resultados implican de hecho que los
usuarios crónicos de marihuana pueden optimizar
su cerebro –afirma Xia Zhang, uno de los investigadores
que suscribe el paper–. Sin embargo, debo decir
que nuestro estudio fue hecho en ratas usando uno de
los canabinoides más potentes, que actúa
selectivamente sobre algunos receptores”. Y aclara:
“hay diferencias enormes entre las ratas y los
seres humanos, así que todavía hay que
seguir investigando”.
Éxtasis polémico Las nuevas drogas sintéticas son consideradas de
abuso porque se supone que generan el hábito inmanejable
del consumo compulsivo. En los últimos años se produjeron
más de un millar de estudios dedicados al uso del éxtasis
–o mejor dicho, de su compuesto activo: la metilendioximetanfetamina,
más conocida como MDMA– en el tratamiento de patologías
psiquiátricas, como el estrés postraumático
y los desórdenes de ansiedad.
Las posiciones científicas están divididas. Los que
están a favor del uso de la MDMA con fines terapéuticos
se encolumnan tras Rick Doblin, de la Universidad de Harvard. En
el otro bando, está al frente George Ricaurte, de la Universidad
Johns Hopkins, también en EE.UU.
Las pruebas siguen inclinando la balanza a favor de quienes demuestran
la efectividad del MDMA para tratar ciertas dolencias.
Bien, se dirá: se acepta la enorme utilidad de la morfina
como anestésico, pero ¿quién podría
negar los efectos aniquilantes de la heroína (derivado de
la morfina)? Lo mismo podría aplicarse, con los atenuantes
de cada caso, para sustancias como el MDMA (y el éxtasis
como su variante fiestera).
¿Qué pasa cuando estas sustancias son administradas
sin control médico? “Se ha demostrado que la MDMA no
crea adicción y no produce dependencia física: cuando
se interrumpe su consumo no aparece un síndrome de abstinencia”,
concluye el psicoterapeuta español José Carlos Bouso
Saiz en su libro Qué son las drogas de síntesis.
Bouso Saiz explica: “Se observó que en animales a los
que se les ha administrado dosis altas, que no son habituales en
humanos, los axones (una parte de la neurona) que segregan el neurotransmisor
serotonina sufren daños, pero son reversibles cuando se abandona
la administración abusiva”.
Uno de los peligros frecuentes es la combinación de éxtasis
con otras sustancias porque se potencia la toxicidad. “Aunque
las reacciones adversas son infrecuentes, el consumo de MDMA acarrea
riesgos”, advierte el investigador. El éxtasis, en
particular, incrementa la temperatura corporal y cuando se baila
intensamente en ambientes cerrados puede llegar a producir un “golpe
de calor” y una rápida deshidratación.
Los psiquiatras Eduardo Kalina y Ricardo Grimson –ex titular
del SEDRONAR– critican el concepto de consumo “recreacional”.
“Lo de recreativo es una expresión agradable para mucha
gente, pero no tiene ningún sentido, porque son sustancias
que hacen daño y no tienen utilidad para la salud”,
cuestiona Kalina. “La droga no le hace a todos lo mismo, pero
la cocaína, por ejemplo, suele producir microinfartos en
las arterias”.
“La idea de recreación nos hace imaginar una situación
divertida y alegre, pero los resultados son patéticos”,
comenta Grimson. “La situación madre es el descontrol
del alcohol en adolescentes cada vez mas jóvenes. Hace 20
años era excepcional la borrachera precoz”.
En el área de las neuroimágenes se empiezan a ver
algunos resultados. El año pasado, Paul Thompson, profesor
del Instituto de Neuropsiquiatría de la Universidad de California,
publicó un estudio realizado sobre adictos a la metanfetamina
(conocida como speed o droga del amor). Los resultados fueron alarmantes:
en la región límbica del cerebro se había dañado
el 11% de su tejido, mientras que el hipocampo –donde se almacenan
los recuerdos– había disminuido un 8%. “Es como
ver un bosque incendiado”, grafica el investigador.
Muchas drogas consideradas de abuso, no son sino sustancias que
produce nuestro propio organismo en dosis suficientes como para
mantenernos con el estado de ánimo necesario para pasarla
mal y bien, para sentir dolor y también para dejar de sentirlo,
de acuerdo con lo que nos esté sucediendo.
El GHB (gamma-hidroxibutirato), mal llamado “éxtasis
líquido” (porque no tiene nada que ver con la MDMA),
por ejemplo, es un neurotransmisor. En dosis mínimas (0,5
a 1,5 gramos) puede producir efectos similares a los del alcohol;
en dosis mayores puede inducir un sueño profundo; y la sobredosis
(entre 5 y 10 gramos) puede causar un estado de coma.
Como sea, los Maradona y los Sabina de este mundo saben que nuestro
cuerpo es delicado.
Y que los que se pasan de la raya, no siempre pueden volver para contarla.