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Placer devorador
Éxtasis, speed, cocaína, marihuana, tabaco, alcohol: no todas las drogas son iguales. Cómo actúan sobre el circuito cerebral de la recompensa. Mitos y realidad de la dependencia. Si querés saber la verdad sobre el consumo, atrevete a leer esta nota.
Por Verónica Engler | Arte digiital y tapa: Martín Badía. Fotos: Ricardo Merkel, AFP, FOCUS, CEDOC, DEA, NIH y Science. Producción: Sol Alegre. Modelo / Actor: Gabriel Vozza. Infografías: Clara González.
 
Adicción en cifras
  • Porcentaje de personas que consumieron sustancias psicoactivas en el 2004, en la población argentina de 16 a 64 años
  • drogas sociales
    alcohol: 72,8
    tabaco: 37,2
  • drogas ilegales
    marihuana: 1,9
    cocaína: 0,3
    éxtasis: 0,1
  • medicamentos con uso l?cito
    sedantes: 1,6
    estimulantes: 0,1

Fuente: SEDRONAR

 
Diego Maradona y Joaquín Sabina son dos ejemplos de esa generación de celebreties que se pasaron de la raya y pudieron volver para contarla. Cada uno se recuperó de esa resaca brava que deja la adicción a la cocaína.
Pero mientras unos vuelven, otros están yendo. Kate Moss (31) quedó escrachada en la tapa del sensacionalista Daily Mirror aspirando cocaína. Lapo Elkann (28), uno de los herederos del imperio Fiat en Italia, también apareció en diarios y revistas: la mezcla de alcohol, cocaína, heroína y opio casi lo mata.
Pero estos excesos vienen menguando en nuestras pampas. Según datos de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR), en la Argentina bajó el consumo de cocaína. En 1999 el polvo blanco rankeaba segundo, después del tabaco. Hoy se encuentra en el cuarto lugar, debajo del tabaco, el alcohol y la marihuana.
Las décadas pasan, algunos consumos quedan y otros se aggiornan. Las llamadas “drogas sintéticas”, ahora, son las estrellas en las pistas de baile de cualquier metrópoli.
Estas drogas (éxtasis, speed, GHB y ketamina, entre otras) son elaboradas a partir de compuestos que no se dan espontáneamente en la naturaleza.
Al placer, hacia allí apuntan los consumos festivos de sustancias psicoactivas, aunque a veces las consecuencias resultan peligrosas.
La dicha, en sus diferentes formas, tiene una manifestación muy precisa en el cerebro. “Tenemos una estructura neurológica, que compartimos con otros animales, ligada al hambre, la sed y el deseo sexual, por lo que se la relaciona con la supervivencia de la propia especie”, indica Gonzalo Gómez Arévalo, Jefe de Neurología del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO).
Cada vez que sentimos una necesidad y la saciamos, en nuestra cabeza se activa una peculiar conexión funcional entre neuronas que forman un circuito de la recompensa. “En el área tegmental ventral se libera el neurotransmisor dopamina hacia el núcleo accumbens (una zona del sistema límbico del cerebro medio)”, detalla Diana Jerusalinsky, directora del Laboratorio de Neurotoxinas y Neuroplasticidad de la Facultad de Medicina de la UBA. Otro neurotransmisor es el que da inicio a este proceso: la serotonina regula la producción de dopamina en el área tegmental ventral (ver infografía pág. 44).
“Un punto clave en la percepción del placer reside en el nucleus
accumbens”, agrega Gómez Arévalo. Esto es lo que hace que cualquier actividad que libere dopamina en esa zona del cerebro tienda a ser reforzada (con alimentos, bebidas o actividad sexual). Pero cuando este sistema se desfasa, hay problemas: el exceso o carencia de dopamina caracteriza a patologías como el Mal de Parkinson, la esquizofrenia y la autoadministración compulsiva de drogas. “Después de ingerir cocaína, los niveles de dopamina y serotonina en el núcleo accumbens llegan a ser muy altos; lo mismo pasa cuando dos animales van a tener relaciones sexuales”, explica Gómez Arévalo.
“La nicotina, tal vez la droga más adictiva y más ampliamente abusada, bloquea ciertos receptores que inhiben la liberacion de dopamina. El aumento de dopamina puede servir como un reforzador constante para fumar”, revela Jerusalinsky.

Abuso y miedo
La triple frontera del consumo marcada por la dependencia, la tolerancia y el síndrome de abstinencia permite definir a las sustancias de abuso, aquellas que estimulan un consumo cada vez más asiduo e inevitable, es decir, adictivo.
La tolerancia implica la necesidad de aumentar la dosis de una droga para seguir produciendo el mismo efecto. “La dependencia se refiere a un estado adaptativo que se desarrolla en respuesta a la administración repetida de la droga. Cuando se interrumpe el consumo en un adicto, se produce el síndrome de abstinencia, que puede estar caracterizado por síntomas físicos y emocionales”, explica el farmacólogo Víctor Molina, de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Córdoba.
Los especialistas acuerdan en considerar a la adicción como una patología multicausal que depende tanto de la sustancia que se consume como de las características de la personalidad del individuo, del entorno ambiental e inclusive de factores genéticos.
“Una persona que prueba una droga no necesariamente se vuelve adicta. Hay un prejuicio por el que se supone que todo el mundo se puede volver adicto”, reflexiona.
Molina investiga en particular los mecanismos adictivos que puede producir la benzodiacepina, una sustancia que contienen muchos tranquilizantes (como el Valium y el Lexotanil). “En la mayoría de las drogas de abuso, aparte de los signos físicos, la abstinencia produce un estado emocional negativo, síndrome depresivo y desorden de ansiedad –detalla–. La abstinencia en las drogas facilita la formación de una memoria de miedo”.
Molina busca fármacos que eviten la aparición de esa memoria de miedo. El objetivo es evitar la situación traumática que genera la abstinencia, “porque cualquier factor estresante facilita la reincidencia”.

Marihuana: ¿nueva terapia?

Pocos discuten los beneficios que aporta la Cannabis sativa (marihuana) para aumentar el apetito en personas con SIDA, evitar las nauseas producidas por la quimioterapia en pacientes con cáncer y también para tratar glaucomas. Sin embargo, en muy pocos lugares se acepta legalmente su uso terapéutico e inclusive su investigación. “La prohibición para estudiar el THC (delta 9 tetrahidrocannabinol, el principio activo de la marihuana) en algunos lugares es una aberración ideológica”, opina Edda Adler, vice directora del Instituto de Investigaciones Farmacológicas (ININFA) de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (UBA).
Adler estudia un canabinoide endógeno (una especie de marihuana fabricada por nuestro propio organismo), la anandamida, que resulta especialmente útil para tratar ciertas afecciones cardíacas. Esta sustancia, presente en muy baja concentración en el chocolate, se une en el cerebro a los mismos receptores que el THC. “Es interesante ver cómo se pueden manipular los niveles endógenos de anandamida en determinadas patologías, en las que se necesita modificar los niveles o bloquear los receptores a los que se une”, explica.
En el Journal of Clinical Investigation se acaba de publicar un estudio que está dando de qué hablar en el mundo entero. La investigación, llevada a cabo por científicos del Departmento de Psiquiatría de la Universidad de Saskatchewan (Canadá), revela que la marihuana mejora la actividad del cerebro.
Los experimentos en ratas que recibieron una dosis potente de un tipo de canabinoide artificial, el HU210, mostraron que la droga estimula el crecimiento de nuevas células cerebrales en el hipocampo, un área del cerebro que controla las emociones y que está asociada al aprendizaje y la memoria.
El resultado de esta investigación se contradice con estudios previos que enfatizaban los riesgos del uso de cannabis, incluyendo un aumento en el grado de psicosis en consumidores vulnerables, y riesgo de cáncer de pulmón, similar al de los fumadores de tabaco.
“Nuestros resultados implican de hecho que los usuarios crónicos de marihuana pueden optimizar su cerebro –afirma Xia Zhang, uno de los investigadores que suscribe el paper–. Sin embargo, debo decir que nuestro estudio fue hecho en ratas usando uno de los canabinoides más potentes, que actúa selectivamente sobre algunos receptores”. Y aclara: “hay diferencias enormes entre las ratas y los seres humanos, así que todavía hay que seguir investigando”.

 
Éxtasis polémico
Las nuevas drogas sintéticas son consideradas de abuso porque se supone que generan el hábito inmanejable del consumo compulsivo. En los últimos años se produjeron más de un millar de estudios dedicados al uso del éxtasis –o mejor dicho, de su compuesto activo: la metilendioximetanfetamina, más conocida como MDMA– en el tratamiento de patologías psiquiátricas, como el estrés postraumático y los desórdenes de ansiedad.
Las posiciones científicas están divididas. Los que están a favor del uso de la MDMA con fines terapéuticos se encolumnan tras Rick Doblin, de la Universidad de Harvard. En el otro bando, está al frente George Ricaurte, de la Universidad Johns Hopkins, también en EE.UU.
Las pruebas siguen inclinando la balanza a favor de quienes demuestran la efectividad del MDMA para tratar ciertas dolencias.
Bien, se dirá: se acepta la enorme utilidad de la morfina como anestésico, pero ¿quién podría negar los efectos aniquilantes de la heroína (derivado de la morfina)? Lo mismo podría aplicarse, con los atenuantes de cada caso, para sustancias como el MDMA (y el éxtasis como su variante fiestera).
¿Qué pasa cuando estas sustancias son administradas sin control médico? “Se ha demostrado que la MDMA no crea adicción y no produce dependencia física: cuando se interrumpe su consumo no aparece un síndrome de abstinencia”, concluye el psicoterapeuta español José Carlos Bouso Saiz en su libro Qué son las drogas de síntesis.
Bouso Saiz explica: “Se observó que en animales a los que se les ha administrado dosis altas, que no son habituales en humanos, los axones (una parte de la neurona) que segregan el neurotransmisor serotonina sufren daños, pero son reversibles cuando se abandona la administración abusiva”.
Uno de los peligros frecuentes es la combinación de éxtasis con otras sustancias porque se potencia la toxicidad. “Aunque las reacciones adversas son infrecuentes, el consumo de MDMA acarrea riesgos”, advierte el investigador. El éxtasis, en particular, incrementa la temperatura corporal y cuando se baila intensamente en ambientes cerrados puede llegar a producir un “golpe de calor” y una rápida deshidratación.
Los psiquiatras Eduardo Kalina y Ricardo Grimson –ex titular del SEDRONAR– critican el concepto de consumo “recreacional”.
“Lo de recreativo es una expresión agradable para mucha gente, pero no tiene ningún sentido, porque son sustancias que hacen daño y no tienen utilidad para la salud”, cuestiona Kalina. “La droga no le hace a todos lo mismo, pero la cocaína, por ejemplo, suele producir microinfartos en las arterias”.
“La idea de recreación nos hace imaginar una situación divertida y alegre, pero los resultados son patéticos”, comenta Grimson. “La situación madre es el descontrol del alcohol en adolescentes cada vez mas jóvenes. Hace 20 años era excepcional la borrachera precoz”.
En el área de las neuroimágenes se empiezan a ver algunos resultados. El año pasado, Paul Thompson, profesor del Instituto de Neuropsiquiatría de la Universidad de California, publicó un estudio realizado sobre adictos a la metanfetamina (conocida como speed o droga del amor). Los resultados fueron alarmantes: en la región límbica del cerebro se había dañado el 11% de su tejido, mientras que el hipocampo –donde se almacenan los recuerdos– había disminuido un 8%. “Es como ver un bosque incendiado”, grafica el investigador.
Muchas drogas consideradas de abuso, no son sino sustancias que produce nuestro propio organismo en dosis suficientes como para mantenernos con el estado de ánimo necesario para pasarla mal y bien, para sentir dolor y también para dejar de sentirlo, de acuerdo con lo que nos esté sucediendo.
El GHB (gamma-hidroxibutirato), mal llamado “éxtasis líquido” (porque no tiene nada que ver con la MDMA), por ejemplo, es un neurotransmisor. En dosis mínimas (0,5 a 1,5 gramos) puede producir efectos similares a los del alcohol; en dosis mayores puede inducir un sueño profundo; y la sobredosis (entre 5 y 10 gramos) puede causar un estado de coma.
Como sea, los Maradona y los Sabina de este mundo saben que nuestro cuerpo es delicado.
Y que los que se pasan de la raya, no siempre pueden volver para contarla.

     
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