Año 1 / Edición N° 5 / AGOSTO /
 
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¿Qué es la cienciología?
La iglesia de Tom Cruise, John Travolta y otras estrellas de Hollywood: claves para entender a la fe más excéntrica de la galaxia. Cómo surgió el culto que mezcla magia, ciencia y ficción.
Por Alejandro Agostinelli | Informe: Alejandro Pose. Producción: Leticia Rivas. Fotos: Karim Fortunato. Modelo: Damián Suárez Peinó: Martín Pineda. 4659-5025.
 
La religión de las estrellas
Ron Hubbard siempre buscó legitimidad reclutando celebridades. Tom Cruise ingresó en 1980 para superar su dislexia. En una entrevista a la Rolling Stone definió a su fe como “un conjunto de conocimientos que ofrece diferentes programas de rehabilitación. Y a los que Cienciología no les gusta, que se vayan a la mierda”. John Travolta entró en 1975. “He sido un actor exitoso y en eso cienciología jugó un papel muy importante”, declaró. Filmar Batalla Final: Tierra (abajo) fue concretar un anhelo de Hubbard. Chick Corea y Kelly Preston también son parte de la religión. Casi es tradición: los artistas suelen estar muy cerca de las creencias novedosas.
 
Coloque dentro de un caldero un par de obras de Freud y una colección de revistas baratas de ciencia ficción. Luego, agregue medio litro de gnosticismo y vacíe un pote de fantasías cibernéticas. Espolvorée extracto de gnosticismo y mezcle, sazonando con una pizca de magia hi-tech y otro poco de misticismo oriental. Hornear mientras eleva un encendido mantra digital. No es preciso invocar a Dios, pero las plegarias deben contener alguna afirmación pseudocientífica. Por fin, acompañe el sermón con buen jazz, en lo posible rasgando un ukelele de cuatro cuerdas…” ¿Menú principal? El cerebro lavado –y cocinado a punto– de sus sufridos seguidores.
Algunos suponen que Lafayette Ronald Hubbard siguió una receta tan simple como esa el día que decidió construir la increíble cosmogonía que da vida a la Iglesia de la Cienciología (o Cientología): Hubbard –acusan sus críticos, que cosechó por millares– creó su iglesia tras una apuesta donde juró que iba a ganar su primer millón creando una religión sintética con una oferta irresistible: la inmortalidad.
Creer eso es desconocer que todas las religiones, incluso la Cienciología, que nació de la imaginación de un escritor de ciencia ficción, tienen un origen más bien complejo.
Ciertamente, aquellos ingredientes coexisten en Dianética, la doctrina que inspiró a la iglesia fundada en Phoenix (Arizona, EE.UU.), en 1953.
Desde que se transformó en un emporio internacional con miles de seguidores, la odisea cienciológica hizo correr tinta a mares. Hace semanas, Tom Cruise alteró los nervios de un habitualmente distendido Steven Spielberg cuando aprovechó el estreno de Guerra de los Mundos (2005) para que su iglesia estuviera en boca de todos. Hace años, John Travolta, otro cienciólogo de fuste, no se detuvo hasta protagonizar Batalla Final: Tierra (2000), película basada en una vieja novela que Hubbard siempre quiso llevar al cine.
Toda esa publicidad ¿se refleja en los números del culto? David Miscavige, presidente de la Junta del Centro de Tecnología Religiosa (RTC), asegura que Cienciología cuenta con 4.228 centros en el mundo y un millar de oficinas que, dice, trabajan en alfabetización, rehabilitación de drogadictos o educación de presos. Miscavige afirma que hay 10 millones de cienciólogos en el mundo. Pero hasta los simpatizantes confiesan que exagera.
Pocos críticos del movimiento se meten con los asuntos de fe: la mayoría apunta a sus pretendidas prácticas terapéuticas y a sus manejos comerciales. Estudios como el realizado por Harvey Jay Fischer, en 1953, concluyeron que la terapia Dianética, si bien “no causa efecto alguno”, es poco aconsejable para enfermos que “pueden percibir un falso sentido de seguridad”. Sus operaciones financieras también son consideradas muy agresivas. Sus cursos, estilo multinivel, alcanzan precios exorbitantes, tanto que pese a la comparación más benévola (todas las iglesias perciben diezmos, cuando no viven de cobrar sus ceremonias o a expensas del estado) la tentación cienciológica es exageradamente cara.
¿En qué creen los cienciólogos?
El verdadero ser de un individuo es “una entidad inmortal, omnisciente y omnipotente”. Este ente, llamado Thetan (alma), se toma trillones de años para viajar a través de millones de seres. Estos seres olvidan sus existencias pasadas cuando sus cuerpos mueren (aunque la esencia permanece). El Thetan puede deambular por el cosmos en travesías que incluyen luchar contra emisarios del Mal, los cuales “confunden su mente con implantes hipnóticos capaces de provocar falsos placeres, cual alucinógenos sintéticos que inducen visiones engañosas”, entre otros prodigios. Por medio de la llamada “exteriorización” (un trance que induce una suerte de viaje astral), el auditor de Cienciología promete separar la conciencia del cuerpo y “recuperar el estado de Thetan Operante”, una entidad inmortal. Para la iglesia, creer en Dios no es un dogma. Pero se les reconoce su estatus religioso porque, por ejemplo, declaran pretender “la libertad espiritual del hombre”. Aunque para “regresar a al estado original” utiliza terapias que el consenso científico rechaza.
 
Entre los cultos nacidos en el siglo XX, Cienciología es el más contencioso: querelló a periodistas, ex miembros y editores, amén de controlar celosamente los derechos de propiedad intelectual de sus materiales para impedir que nadie que no sea cienciólogo use sus siglas o sus textos doctrinarios, limitando, en ocasiones, la libertad de expresión. Esto es así aunque Hubbard no fuera el primero en usar la palabra cienciología. En 1907, el filólogo Alan Upward usó la palabra como sinónimo de pseudociencia (motivo por el cual algunos lo consideran un visionario) y en 1934, el escritor Anastasius Nordenholz bautizó Cienciología a una “nueva ciencia” (Nordenholz –aclaración obligada–... ¡era argentino!). Con todo, no parece que Hubbard se inspirase en ellos; más bien, cienciología debió surgir de la unión de las raíz latina scio (saber) y la griega ?ó?o? (lógos, razón).
Poco antes de fundar su iglesia, Hubbard adelantó un borrador de lo que iba a ser su texto sagrado en una revista de ciencia ficción: la Astounding, dirigida por John W. Campbell. Así publicó su primer libro sobre el tema, Dianética: La Ciencia Moderna de la Salud Mental. Publicado en 1950, enseguida se convirtió en bestseller. Hasta entonces, Hubbard sólo había sido conocido como escritor de ficciones científicas. En 1940, su obra Final Blackout lo catapultó a la fama. El estilo de Hubbard era imaginativo, pero menos atractivo que el de otros escritores con los que compartía cartel, como Robert Heinlein, A. E. Van Vogt, Sprague de Camp y Theodore Sturgeon. Campbell y Van Vogt se sumaron y le ayudaron a impulsar la Fundación Dianética. Pero pronto empezaron los conflictos legales. Entre ellos, uno conyugal: la primera persona “curada” por Hubbard, Sara, su segunda esposa, se divorció alegando que su marido estaba demente. Hubbard, mientras tanto, administraba una Fundación que prescribía una suerte de tratamiento psicológico… sin ser psicólogo. Y ejercer falsos títulos nunca fue broma. Por eso, sociólogos como William Bainbridge no descartan que Hubbard decidiera transformar Dianética en religión para solucionar sus problemas con el fisco (los cultos están libres de impuestos), con la ley (lo que se cura es el alma, y de paso el cuerpo) y con la sociedad (nadie puede discutir la validez de los dogmas de fe). En 1963, Hubbard se retiró con una flota de yates a navegar por el Mediterráneo: la “Orga del Mar” se convirtió en centro de entrenamiento para los adeptos más avanzados. En 1977, los problemas con la ley recrudecieron: Hubbard puso en marcha un plan secreto consistente en infiltrar el FBI para robar información sobre su iglesia. En 1986, la Cienciología distribuyó un lacónico informe: “El 24 enero de 1986 L. R. Hubbard dejó el cuerpo que usó durante 74 años, 10 meses y 11 días. El cuerpo que usó para facilitar su existencia en el universo había dejado de tener utilidad, obstaculizando el trabajo que debe hacer fuera de sus confines... Ron Hubbard todavía existe (…) simplemente pasó al siguiente nivel. LRH usó esta vida y el cuerpo para llegar a donde nadie había llegado antes….”
Nunca se sabrá si Hubbard inventó una religión para ganar una apuesta. Es poco probable. La idea, sin duda, presta un servicio magnífico a los que buscan conjuros antirreligiosos instantáneos. Pero para fundar una religión parece hacer falta algo más que un recetario. ¿Qué cosa? Quizá, una voluntad de locos.
     
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