¿Qué es la cienciología?
La iglesia de Tom Cruise, John Travolta y otras estrellas de Hollywood: claves para entender a la fe más excéntrica de la galaxia. Cómo surgió el culto que mezcla magia, ciencia y ficción.
Ron Hubbard
siempre buscó legitimidad reclutando celebridades.
Tom Cruise ingresó en 1980 para superar su dislexia.
En una entrevista a la Rolling Stone definió a
su fe como “un conjunto de conocimientos que ofrece
diferentes programas de rehabilitación. Y a los
que Cienciología no les gusta, que se vayan a la
mierda”. John Travolta entró en 1975. “He
sido un actor exitoso y en eso cienciología jugó
un papel muy importante”, declaró. Filmar
Batalla Final: Tierra (abajo) fue concretar un anhelo
de Hubbard. Chick Corea y Kelly Preston también
son parte de la religión. Casi es tradición:
los artistas suelen estar muy cerca de las creencias novedosas.
Coloque dentro de un caldero un par de obras de Freud y una colección
de revistas baratas de ciencia ficción. Luego, agregue medio
litro de gnosticismo y vacíe un pote de fantasías cibernéticas.
Espolvorée extracto de gnosticismo y mezcle, sazonando con
una pizca de magia hi-tech y otro poco de misticismo oriental. Hornear
mientras eleva un encendido mantra digital. No es preciso invocar
a Dios, pero las plegarias deben contener alguna afirmación
pseudocientífica. Por fin, acompañe el sermón
con buen jazz, en lo posible rasgando un ukelele de cuatro cuerdas…”
¿Menú principal? El cerebro lavado –y cocinado
a punto– de sus sufridos seguidores.
Algunos suponen que Lafayette Ronald Hubbard siguió una receta
tan simple como esa el día que decidió construir la
increíble cosmogonía que da vida a la Iglesia de la
Cienciología (o Cientología): Hubbard –acusan
sus críticos, que cosechó por millares– creó
su iglesia tras una apuesta donde juró que iba a ganar su primer
millón creando una religión sintética con una
oferta irresistible: la inmortalidad.
Creer eso es desconocer que todas las religiones, incluso la Cienciología,
que nació de la imaginación de un escritor de ciencia
ficción, tienen un origen más bien complejo.
Ciertamente, aquellos ingredientes coexisten en Dianética,
la doctrina que inspiró a la iglesia fundada en Phoenix (Arizona,
EE.UU.), en 1953.
Desde que se transformó en un emporio internacional con miles
de seguidores, la odisea cienciológica hizo correr tinta a
mares. Hace semanas, Tom Cruise alteró los nervios de un habitualmente
distendido Steven Spielberg cuando aprovechó el estreno de
Guerra de los Mundos (2005) para que su iglesia estuviera en boca
de todos. Hace años, John Travolta, otro cienciólogo
de fuste, no se detuvo hasta protagonizar Batalla Final: Tierra (2000),
película basada en una vieja novela que Hubbard siempre quiso
llevar al cine.
Toda esa publicidad ¿se refleja en los números del culto?
David Miscavige, presidente de la Junta del Centro de Tecnología
Religiosa (RTC), asegura que Cienciología cuenta con 4.228
centros en el mundo y un millar de oficinas que, dice, trabajan en
alfabetización, rehabilitación de drogadictos o educación
de presos. Miscavige afirma que hay 10 millones de cienciólogos
en el mundo. Pero hasta los simpatizantes confiesan que exagera.
Pocos críticos del movimiento se meten con los asuntos de fe:
la mayoría apunta a sus pretendidas prácticas terapéuticas
y a sus manejos comerciales. Estudios como el realizado por Harvey
Jay Fischer, en 1953, concluyeron que la terapia Dianética,
si bien “no causa efecto alguno”, es poco aconsejable
para enfermos que “pueden percibir un falso sentido de seguridad”.
Sus operaciones financieras también son consideradas muy agresivas.
Sus cursos, estilo multinivel, alcanzan precios exorbitantes, tanto
que pese a la comparación más benévola (todas
las iglesias perciben diezmos, cuando no viven de cobrar sus ceremonias
o a expensas del estado) la tentación cienciológica
es exageradamente cara.
¿En
qué creen los cienciólogos?
El verdadero
ser de un individuo es “una entidad inmortal, omnisciente
y omnipotente”. Este ente, llamado Thetan (alma),
se toma trillones de años para viajar a través
de millones de seres. Estos seres olvidan sus existencias
pasadas cuando sus cuerpos mueren (aunque la esencia permanece).
El Thetan puede deambular por el cosmos en travesías
que incluyen luchar contra emisarios del Mal, los cuales
“confunden su mente con implantes hipnóticos
capaces de provocar falsos placeres, cual alucinógenos
sintéticos que inducen visiones engañosas”,
entre otros prodigios. Por medio de la llamada “exteriorización”
(un trance que induce una suerte de viaje astral), el
auditor de Cienciología promete separar la conciencia
del cuerpo y “recuperar el estado de Thetan Operante”,
una entidad inmortal. Para la iglesia, creer en Dios no
es un dogma. Pero se les reconoce su estatus religioso
porque, por ejemplo, declaran pretender “la libertad
espiritual del hombre”. Aunque para “regresar
a al estado original” utiliza terapias que el consenso
científico rechaza.
Entre los cultos nacidos en el siglo XX, Cienciología es el
más contencioso: querelló a periodistas, ex miembros
y editores, amén de controlar celosamente los derechos de propiedad
intelectual de sus materiales para impedir que nadie que no sea cienciólogo
use sus siglas o sus textos doctrinarios, limitando, en ocasiones,
la libertad de expresión. Esto es así aunque Hubbard
no fuera el primero en usar la palabra cienciología. En 1907,
el filólogo Alan Upward usó la palabra como sinónimo
de pseudociencia (motivo por el cual algunos lo consideran un visionario)
y en 1934, el escritor Anastasius Nordenholz bautizó Cienciología
a una “nueva ciencia” (Nordenholz –aclaración
obligada–... ¡era argentino!). Con todo, no parece que
Hubbard se inspirase en ellos; más bien, cienciología
debió surgir de la unión de las raíz latina scio
(saber) y la griega ?ó?o? (lógos, razón).
Poco antes de fundar su iglesia, Hubbard adelantó un borrador
de lo que iba a ser su texto sagrado en una revista de ciencia ficción:
la Astounding, dirigida por John W. Campbell. Así publicó
su primer libro sobre el tema, Dianética: La Ciencia Moderna
de la Salud Mental. Publicado en 1950, enseguida se convirtió
en bestseller. Hasta entonces, Hubbard sólo había sido
conocido como escritor de ficciones científicas. En 1940, su
obra Final Blackout lo catapultó a la fama. El estilo de Hubbard
era imaginativo, pero menos atractivo que el de otros escritores con
los que compartía cartel, como Robert Heinlein, A. E. Van Vogt,
Sprague de Camp y Theodore Sturgeon. Campbell y Van Vogt se sumaron
y le ayudaron a impulsar la Fundación Dianética. Pero
pronto empezaron los conflictos legales. Entre ellos, uno conyugal:
la primera persona “curada” por Hubbard, Sara, su segunda
esposa, se divorció alegando que su marido estaba demente.
Hubbard, mientras tanto, administraba una Fundación que prescribía
una suerte de tratamiento psicológico… sin ser psicólogo.
Y ejercer falsos títulos nunca fue broma. Por eso, sociólogos
como William Bainbridge no descartan que Hubbard decidiera transformar
Dianética en religión para solucionar sus problemas
con el fisco (los cultos están libres de impuestos), con la
ley (lo que se cura es el alma, y de paso el cuerpo) y con la sociedad
(nadie puede discutir la validez de los dogmas de fe). En 1963, Hubbard
se retiró con una flota de yates a navegar por el Mediterráneo:
la “Orga del Mar” se convirtió en centro de entrenamiento
para los adeptos más avanzados. En 1977, los problemas con
la ley recrudecieron: Hubbard puso en marcha un plan secreto consistente
en infiltrar el FBI para robar información sobre su iglesia.
En 1986, la Cienciología distribuyó un lacónico
informe: “El 24 enero de 1986 L. R. Hubbard dejó el cuerpo
que usó durante 74 años, 10 meses y 11 días.
El cuerpo que usó para facilitar su existencia en el universo
había dejado de tener utilidad, obstaculizando el trabajo que
debe hacer fuera de sus confines... Ron Hubbard todavía existe
(…) simplemente pasó al siguiente nivel. LRH usó
esta vida y el cuerpo para llegar a donde nadie había llegado
antes….”
Nunca se sabrá si Hubbard inventó una religión
para ganar una apuesta. Es poco probable. La idea, sin duda, presta
un servicio magnífico a los que buscan conjuros antirreligiosos
instantáneos. Pero para fundar una religión parece hacer
falta algo más que un recetario. ¿Qué cosa? Quizá,
una voluntad de locos.